"Crónicas de un pueblo palentino"

"Crónicas de un pueblo palentino" es una sección de la web www.villapún.es en la que se publican relatos verídicos o de ficción que tengan relación con el pueblo de Villapún o la cultura rural en general. Si quieres participar escribe tus historias y vivencias, tu relación con el pueblo, acontecimientos del pasado, cuentos del abuelo, aventuras de la infancia..., en fin, lo que quieras y envíalo a: villapun@gmail.com


lunes, 26 de mayo de 2014

En mi pueblo "sí hay algo"

No hace mucho, hablando con un paisano me decía que no venía más a menudo al pueblo porque aquí “no hay nada”. Me le quedé mirando a la cara con una media sonrisa entre burlona y compasiva, pensando para mí que más bien donde no hay nada es en el interior de algunas personas, pero no le contesté en ese momento, más que nada por educación, aunque me quedé con ganas de decirle unas cuantas cosas. No es una actitud aislada, ni mucho menos exclusiva de los villapuneses, pues es cada vez más común en la gente de éste y otros pueblos castellanos, que han dejado de acudir a los mismos esgrimiendo como disculpa tan peregrino argumento. Claro, que tampoco faltan estómagos agradecidos que sólo acuden atraídos por el olor de la carne de cerdo gratuita.
Cada vez estoy más convencido de que ser de Villapún, ser de pueblo, es un don que está reservado sólo para unos pocos privilegiados. ¡Qué triste es que quiénes han nacido y crecido en un pueblo no sepan apreciar la gran fortuna que tienen! Nunca lo he entendido y lo único que puedo decir es: ¡ellos se lo pierden!
Pues bien, creo que ha llegado el momento de preguntar a mi vecino (y por extensión al resto de inconformistas):
 

¿Has subido a la torre de la iglesia para otear los alrededores del pueblo?
¿Has ido a coger unas aceras por los caminos en primavera para hacerte una rica ensalada?
¿Has escuchado los villancicos tradicionales que se cantan en la iglesia por Navidad?
¿Has dado un paseo hasta Oncastellana en verano y te has refrescado con el abundante agua de su fuente?
¿Has visto las construcciones tradicionales de adobe que aún quedan en el pueblo?
¿Has recorrido la Cañada Real por donde discurrían los rebaños de meritas y aún pueden verse ocasionalmente?
¿Te has fijado como “majan el ajo” las cigüeñas en primavera?
¿Has ido en otoño a buscar níscalos por los pinos de la Cerra para hacer un buen guiso con patatas?
¿Has leído la placa que hay en la cara oeste de la torre de la iglesia?
¿Has observado el espectáculo natural de las mariposas en verano por el camino de Cañijuelas?
¿Te has dado ya un buen paseo por la Era?
¿Conoces la laguna de la Ontona?
¿Te has fijado en el mural de la salvación que hay en la iglesia?
¿Has disfrutado del coro nocturno de ranas en la laguna del Valle en una noche estrellada de primavera?
¿Te has acercado al corral de Onzarza para apreciar cómo es una de estas construcciones tradicionales de adobe?
¿Has ido en Navidad a buscar berros por los arroyos para hacer una rica ensalada para la cena de Nochebuena?
¿Te has sentado en los bancos de la plaza a echar una parlada con algún vecino?
¿Te has deleitado con el musical canto del cuco que se escucha por los campos en primavera?
¿Te has dado una vuelta por el Valle después de una tormenta?
¿Te has fijado en la antigua cajonera que hay en la sacristía de la iglesia?
¿Has dado un paseo por la Roza en la primavera avanzada cuando los robles echan sus hojas y el melojar está en todo su esplendor?
¿Has visto alguna vez la “bendición de los campos” que se hace el día de San Isidro labrador?
¿Te has tumbado plácidamente en la hierba de la Era una noche de verano a la espera de alguna estrella fugaz?
¿Conoces la escultura policromada de San Hipólito que hay en la iglesia?
¿Has ido en otoño a recoger champiñones silvestres por el campo para hacer un delicioso salteado?
¿Has tirado piedras en la Majada intentando que salten varias veces?
¿Has madrugado alguna vez para disfrutar del espectáculo del amanecer desde la Era?
¿Has escuchado el relajante canto de los alacranes en una cálida noche estival?
¿Conoces el lugar donde los vecinos de Villapún ofrecieron hacer una ermita en honor a la Divina Pastora?
¿Te has acercado al Caño para beber de su refrescante agua?
¿Te has dado una vuelta por la laguna del Páramo para ver si están los "alavancos" o las "guitas"?
¿Has ido a la Mata Montera en primavera a buscar “bragas de pepús”, “flores de perro” o “campanillas” para adornar un jarrón?
¿Has escuchado el característico reclamo de un “relinchón” volando entre la foresta de la Roza?
¿Sabes en qué parte del pueblo estuvo la fuente de la Ontana?
¿Has ido en primavera a coger “senderinas” a los prados para degustar un sabroso guiso?
¿Conoces la historia de San Pelayo y has disfrutado de su fiesta?
¿Te has acercado a la Cuesta del Manzano para ver las talayas de roble?
¿Has jugado de “chiguito” a tirar “cardinchos” al pelo de otros niños?
¿Te has empapado de agua en un día lluvioso de primavera en una caminata por el campo?
¿Has disfrutado de un paseo nocturno por la Roza en una noche de luna llena?
¿Has hecho alguna vez una corona floral con “gurrupitos” y “patas de gallina”?
¿Has construido un muñeco de nieve o has hecho “señoritas” tras una nevada invernal?
¿Has comido los picantes “ajos de pajarita” que salen al borde de los caminos en primavera?
¿Has estado en el teleclub del pueblo echando una partida de cartas o compartiendo un refresco con alguien?

¿Te has bañado alguna vez en la laguna del Páramo?
¿Has escuchado el típico canto del “pepús” procedente de algún tejado del pueblo en una cálida mañana primaveral?
¿Te has dado un pequeño paseo alrededor del pueblo por el camino del Vallejo en una tarde soleada de invierno?
¿Conoces el aeródromo de Villapún?
¿Has olido la cálida fragancia de las violetas y los jazmines silvestres de la Roza a comienzos de primavera?
¿Has recorrido la cañada de Villarrilda?
¿Has bebido el agua de la “fuente de la salud”?
¿Te has sentado en la ladera del Valle en una tarde de primavera para escuchar el concierto de los ruiseñores en la Roza?
¿Has estado en el frontón de la Era echando un partido de frontenis o de pelota a mano?
¿Has probado las setas de coz o las setas de cardo?
¿Te has dado una vuelta por el camino del Gargolito?
¿Alguna vez te has sentado a la sombra de los chopos del Plantío con un buen libro como compañero?
¿Te has fijado en los hermosos colores de los robledales en otoño?
¿Sabrías reconocer el canto gatuno que los mochuelos emiten al atardecer por las afueras del pueblo?
¿Te has dado un paseo por el Brezal y el Paramillo?
¿Has visto la imagen de Villapún desde el alto de Bretos recortada sobre la impresionante Cordillera Cantábrica de fondo?
¿Te has dado una vuelta por los cultivos en primavera cuando las plantas ya están entalladas y verdes?
¿Conoces “el Monumento” de la Pasión que se montaba antaño en la iglesia de Villapún durante la Semana Santa?
¿Has escrutado el cielo estrellado en busca de constelaciones en una oscura noche sin luna?
¿Te has acercado a Villarrilda y sabes que allí hubo un pueblo que al parecer se desahabitó por la peste?
¿Has visto los preciosos arreglos florales que se hacen en el portal de la iglesia para la celebración del Corpus Christi?
¿Sabes jugar a los “gatos” que se hacen con tallos de junco?
¿Has bajado por el camino del Toro para dar un paseo hasta Lagún del Bravo?
¿Has probado a escuchar alguna vez el “sonido del silencio”?
¿Has degustado los tallos tiernos de los “amojoletes” en primavera?
¿Has visitado la estación meteorológica de Villapún y sabes que es una de las ocho únicas que la Agencia Estatal de Meteorología tiene en la provincia de Palencia?
¿Sabrías fabricar un “chiflito” con la rama de una “chopa”?

¿Has cogido renacuajos en La Majada?
¿Te has fijado en la impresionante puesta de sol que se puede disfrutar desde la Era o el Páramo en un día despejado?
¿Sabes dónde está el pago de La Marineja?
¿Te has acercado alguna vez hasta el Montecillo y la fuente de Pantaleón?
¿Has escuchado el cántico tradicional que se entona en la “procesión del Encuentro” el Domingo de Resurrección?
¿Has estado en el pago de Gromaz y sabes que en el mismo pudo haber antiguamente otro pueblo o que fuese el asentamiento original de Villapún?
¿Has visto alguna noche a la “nueta” sobrevolando la plaza del pueblo como un fantasma inmaculado?
¿Has adornado un jarrón con las bonitas y olorosas flores del cantueso?
¿Sabes de dónde se extraía la arcilla para fabricar adobes y cómo se hacían?
¿Te has empapado del cálido sol de otoño en una tarde de paseo por el campo?
¿Has subido alguna vez al Cueto para contemplar los alrededores?
¿Has escuchado en la iglesia los cantos a la Divina Pastora que se entonan durante el Rosario en honor a la Virgen?
¿Has visto las “chopas” del Valle y sabes que constituyen un patrimonio etnológico y natural de gran valor?
¿Has visto el belén monumental que ponen las mujeres del pueblo en la iglesia por Navidad?
¿Sabes en qué rincón de Villapún estuvo la fragua del pueblo?
¿Has comido los “panes” de las malvas?
¿Has disfrutado del espectáculo audiovisual de los vuelos acrobáticos de los vencejos por los cielos del pueblo en primavera y verano?
¿Has ido hasta Hontanares y te has comido un bocadillo a la sombra de sus chopos?
¿Sabes dónde se localiza el pago de Avellanar y su fuente?
¿Has jugado a “la vaca plantada” o “a chillar” por las calles del pueblo?
¿Has visto un campo de amapolas en flor en primavera?
¿Has escuchado el aflautado canto del autillo en el Valle?
¿Sabes dónde estuvo el antiguo cementerio del pueblo?
¿Te has dado un paseo por la cañada de la Rinconada?
¿Te has fijado en la explosión de color que se produce hacia el mes de mayo por la floración de los “zapatitos” de las “argomas”?
¿Te has parado a oler la tierra mojada después de la lluvia?
¿Has ido a finales de verano en busca de moras por los zarzales del campo para elaborar con ellas un delicioso postre con vino y azúcar?
¿Has cogido la bicicleta para recorrer los caminos y pistas de la Nava o del Páramo?
¿Alguna vez has “resnalado” sobre la escarcha de la Era o por la superficie congelada de la Majada después de una helada invernal?
¿Has visto el Guarrate o la Era cubiertos de margaritas en primavera?
¿Has probado carne de lechazo cocinado en horno de adobe con “argomas” y brezo como combustible?
¿Sabes dónde está Vatocendo y te has dado una vuelta por allí?
¿Has fabricado un “tirapiedras” con una horcaja de roble?
¿Has degustado el dulce néctar de las “chupas” que crecen en los prados?
¿Te has dado un paseo por la orilla de la Cueza en época de lluvias?
¿Has subido al alto Lutero y has bebido el agua de su fuente?
¿Has cogido “gallaritas” de los robles para jugar a las canicas o “gallarones” para lanzárselos a alguien?
¿Te has acercado a la laguna de la fuente del Brezo y al corral de adobe que hay a su lado?
¿Has olido la fragancia del tomillo en verano?
¿Conoces el sitio del pueblo donde se ubicó el potro y para qué se usaba?
¿Te has asomado desde la Revilla para contemplar las preciosas vistas que desde allí se tienen de la Montaña Palentina, la Loma y la Vega del Carrión?
¿Has respirado el aire frío en una mañana invernal dando un paseo por los caminos del Páramo?
¿Alguna vez te has refrescado con “chupiteles” en invierno?
¿Has participado en la procesión de la Divina Pastora por las calles del pueblo?
¿Has ido a ver las antiguas presas donde se lavaba antaño la ropa?
¿Te has acercado a dar un paseo hasta los huertos de la Varga?
¿Has escuchado el “cacareo” de las “pigazas” al atardecer en la Roza?
¿Has visto el antiguo fuelle de la fragua que aún se conserva restaurado?
¿Has intentado hacer un escriño con corteza de zarza?
¿Has ido en diciembre a la Roza a coger un poco de musgo para poner el belén?
¿Te has dado un paseo en bicicleta hasta el Quiñón?
¿Has ido a volar una cometa a la Era en un día ventoso?
¿Has estado en Elegidro y sabes que en sus presas se lavaban antiguamente las ropas de los difuntos?
¿Has utilizado el “pelo de ratón” para hacer coscas a un “chiguito”?
¿Sabes para qué sirve la “tierra topinera” y dónde se puede encontrar?
¿Has dado un paseo hasta la laguna de Onzarza?
¿Has ido en otoño a coger “andrinas” para elaborar un aromático licor de orujo?
¿Alguna vez has estado en Espinar?
¿Has hecho un arco de una rama de sauce y has usado como flechas tallos de “husos” recogido en alguna de las lagunas del pueblo?
¿Has escuchado el canto de las "collaronas" en primavera por el Páramo?
¿Te has acercado al alto del Calvario para contemplar desde allí la impresionante panorámica de la Roza, los campos de la Vega y los pueblos cercanos?
¿Has …?

En fin, creo que podría continuar, pero prefiero dejar al gusto de cada cual añadir todas las múltiples posibilidades que tiene un pueblo como Villapún. Aunque quizás ese sea el problema: vivimos en una sociedad que deja cada vez menos margen a la imaginación, en la que prima el “ocio digital” y la cultura urbana frente a “lo rural”, que se margina y desprecia, lo exótico frente a lo local, lo sofisticado frente a lo sencillo, lo moderno frente a lo tradicional, lo efímero frente a lo duradero...
Y volviendo a mi querido paisano, permíteme que te de un humilde consejo: abre bien todos tus sentidos porque las cosas realmente valiosas de la vida son sencillas como el canto de un pájaro, la sonrisa de un niño, la mirada de la persona amada, una bella melodía o un rayo de sol al atardecer. Aprende a disfrutar de estos pequeños tesoros de la vida y serás feliz.
Por cierto, ¿aún sigues pensando que en nuestro pueblo “no hay nada”?
 
Roberto Rodríguez Martínez

sábado, 26 de abril de 2014

Luces en la noche

Cuentan nuestros mayores que antaño no era raro que de vez en cuando las gentes del  campo presenciasen   ciertos fenómenos luminosos nocturnos, experiencias que atemorizaban a las gentes del campo al no saber darlas una explicación racional. Sin entrar en la veracidad o en la causa de tales hechos, queremos presentar aquí testimonio de uno de estos encuentros con "lo desconocido" tal y como lo relató en 1968 María Inmaculada Santos, natural de Villarrobejo.
¿Y que tiene esto que ver con Villapún?. Pues bien, la historia relatada es bien conocida por los más ancianos del lugar ya que su principal protagonista, "el tío Pío", fue el padre de "la Paulina", casada con Silvano de Villapún y aún recordada por muchos en el pueblo. El siguiente relato fue publicado, diez años después de ser redactado, en el “Libro conmemorativo de las bodas de plata del Instituto de Saldaña”. Página 115-116.

 LA LUZ DEL TÍO PÍO

Ocurrió a mediados de este siglo (sobre 1940). Ciertamente que Pío, el mozo robusto y jaranero de Villarrobejo no era miedoso. Muchas veces había recorrido de noche el camino de X a Villarrobejo (pongo X porque ahora ya no existe ese pueblo).

En X vivía su prometida, María Luz, y él iba a pasar la tarde con ella. Sin embargo aquella noche llegó pálido, sudoroso, descompuesto. ¿Qué le había sucedido? Sin fuerzas para tenerse en pie, se dejó caer sobre el rústico banco del hogar campesino de sus padres; al fin pudo hablar y contó lo sucedido:

Él salió de X entrada la noche. Cruzó el valle que separa el pueblo del monte, y a poco de entrar en éste vio que, de entre los matorrales salía... ¡una luz!. Una luz extraña y misteriosa, pálida, casi blanquecina, que brillaba sin despedir resplandores que iluminasen los objetos inmediatos; luz siniestra que le hizo erizar los cabellos de espanto. Hubiera preferido ver brillar los ojos fosforescentes de los lobos, y aún verse acometido por ellos, a la compañía desconcertante de aquella luz tenebrosa que oscurecía su alma y le aterraba, produciéndole sudores de azogado y temblores de calenturiento. ¿Qué hacer?. La luz caminaba delante de él, a prudente distancia, como si pretendiese iluminar el camino, sin conseguirlo. ¿Volver atrás?. No. Era preciso seguir, y así, con tan molesto acompañante, recorrió los 5 kilómetros interminables que le separaban del pueblo. Ya cerca de éste y al llegar donde el camino se bifurcaba, la luz se fue por el que Pío no tenía que seguir. Al verse libre aceleró el paso cuanto pudo, más sin atreverse a correr, por ver si podía, sin más incidentes, llegar a su casa, más cuando tan sólo diez metros le separaban del pueblo, la luz que al parecer se alejaba se vino hacia él con la rapidez del rayo, cruzó por delante, casi rozando sus ropas, y dando un bufido siniestro, se alejó perdiéndose en las sombras. 
Entonces fue cuando de todo punto creyó morirse de espanto. Sólo a costa de un esfuerzo supremo pudo llegar a casa. Aterrados y perplejos quedaron los familiares de Pío cuando el mozo terminó de contar su narración, sin saber que pensar del extraño suceso, cuando otros dos, no menos espantables, vinieron a colmar el pánico de todos. Procedente, al parecer, de los desvanes o paneras de la casa, se oyó un gran golpe seguido de un ruido como de algo que se arrastraba por el suelo, y de unos golpes secos y consecutivos que terminaron en un bufido siniestro muy parecido, según afirmaba Pío, al de la fatídica luz.
No bien terminó el ruido, cuando bajo sus pies empezó a percibirse, clara y distintamente, algo así como si barrenasen el piso de abajo, más como ellos estaban en el suelo no cabía duda que el barrenador debía de ser algún personaje de ultratumba. ¡Quién sabe! Asustados, y sin atreverse ni a respirar, pasaron la peor noche de su vida, rezando y suspirando.
Al fin llegó el nuevo día y un poco más tranquilos, todos juntos, subieron a la panera y allí vieron patente la causa de los ruidos: una criba que estaba colgada cayó, sin saber cómo, sobre el gato, éste quiso huir pero hubo de hacerlo arrastrando consigo la criba, bajó las escaleras dando golpes con el artefacto y al fin pudo huir bufando. El ser misterioso que barrenaba la tierra era un topo; cuando ellos volvieron a la cocina había terminado su obra y asomaba tranquilamente el hocico por el agujero.
¿Y la luz? la luz quedó y está en el misterio. Por aquellos años cuando las madres querían amedrentar a sus hijos, les decían: "No seas malo, que viene la luz del tío Pío".
Esta costumbre ya va desapareciendo, pero todavía hay gente que lo dice y recuerda, y por eso todos nos sabemos la historia de Pío.
 
María Inmaculada Santos Fernández

miércoles, 26 de marzo de 2014

Sobre el ocaso de la sociedad rural tradicional

El siguiente artículo ha sido publicado en el número 337 de la revista Quercus, correspondiente a Marzo de 2014. Hemos recibido el permiso de los editores de dicha revista y de su autor, el conservacionista Joan Mayol, para reproducirlo, ya que creemos que pone el dedo en la llaga sobre las implicaciones de los cambios acaecidos en el mundo rural en las últimas décadas.
              
MENTALIDADES PAVIMENTADAS
 
El cambio más importante de la sociedad humana en el último siglo ha sido la concentración de la población en las ciudades. Nuestra especie pasó del tribalismo nómada a las comunidades agrarias de dimensiones moderadas para acabar -por ahora- en las aglomeraciones masivas. La mayor parte de los humanos viven en grandes urbes. Las consecuencias de este hecho son enormes, no todas en el mismo sentido.
a 
Campo o ciudad.
El paso de las sociedades rurales a urbanas supone ventajas evidentes para sus miembros: el acceso a la educación y la sanidad son fundamentales, la libertad y las opciones de vida son mayores en el segundo caso. No hay duda de que la vida urbana ha sido muy atractiva para cientos de millones de personas, y en el siglo XX los éxodos de campesinos a las capitales y sus suburbios han sido masivos.
En general, los humanos hemos tenido tendencia a agruparnos en función de la disponibilidad de recursos: los grupos cazadores y recolectores eran menores que los de agricultores, y cuando los excedentes de producción y la capacidad de transporte hacen posibles aglomeraciones mayores, éstas crecen hasta extremos sorprendentes.

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Los costes, bien conocidos.
Pero junto a las ventajas evocadas, hay también inconvenientes: la ciudad nos aleja de la vida no humana, nos hace perder las nociones ambientales intuitivas que tienen las personas rurales. Los conservacionistas nos hemos lamentado de ello muy a menudo.

Los magníficos personajes de Miguel Delibes en sus novelas castellanas ("Las ratas", "Los santos inocentes", "Diario de un cazador"...) son un paradigma del ocaso de un mundo rural, donde se conoce lo importante, lo que no es inventado, en acertadísima expresión de El Nini en la primera narración evocada.
Son precisamente los habitantes del mundo rural los primeros en percibir los cambios negativos, la disminución de las poblaciones silvestres, la degradación de las aguas y el medio. No debemos caer, sin embargo, en tópicos simplistas. El habitante rural siente próxima a la naturaleza, pero no necesariamente aprecia todos sus componentes, como bien sabemos. Durante siglos, el hacha excesiva, el fuego fácil o el veneno cruel han sido manejados por campesinos. Como en botica, de todo hay: quien intuye, aprecia y respeta los valores de la naturaleza, y quien abusa de ellos y los destruye; quien observa, reflexiona y aprende, cerca de quien ignora y desprecia. 
 a  
La primera generación urbana.
Los pioneros de la conservación en España, en la segunda mitad del siglo pasado, vivimos en la primera generación que había cambiado masivamente el campo por la ciudad. Labordeta, en una entrevista que puede encontrarse en YouTube, destacaba acertadamente que el éxito popular de Rodríguez de la Fuente se basaba en que su auditorio fue precisamente éste, la población neo-urbana, los que habían dejado atrás lo que ahora veían en sus pantallas: el raposo, el águila, la gineta o el lobo. Les eran próximos, formaban parte de su vida, por lo cual tenían un atractivo cierto.
Actualmente, la labor de los conservacionistas resulta algo más difícil. Para muchos conciudadanos nuestros, las especies silvestres son solo las protagonistas de los documentales, tan lejanas como los personajes de ficción. Hacer comprender el valor de la vida y generar emociones en su favor es cada vez más difícil, aunque la diversidad de medios a nuestro alcance era impensable hace muy poco. ¿Quién imaginaba hace pocas décadas que podríamos seguir en directo las migraciones de nuestras aves en la pantalla del ordenador doméstico?
Volviendo al principio, mi aportación a la reflexión hoy es constatar que la población rural prácticamente ha desaparecido, y que esto tiene costes de conservación. Porque incluso una gran parte de quienes siguen viviendo en el campo o en pueblos menores, han adoptado modos de vida urbanos en su economía, en su ocio, en sus intereses. Probablemente es más urbanita el habitante de una urbanización actual "en plena naturaleza" que un madrileño cincuenta años atrás, que podía ver las ovejas conducidas a pie hacia el matadero, comprar leche recién ordeñada o un pavo vivo por Navidad.
La segunda mitad del siglo XX ha sido la era de la urbanización. Y lo que se ha urbanizado con mayor coste no ha sido el campo o la costa, han sido las mentalidades: para la mayor parte de nuestros conciudadanos la naturaleza es algo lejano y exótico, y no saben ni sienten que influyen y son influidos por ella continuamente. A esto me refiero con la expresión de mentalidades pavimentadas. Tenemos que buscar la arena debajo de los adoquines.

 
Joan Mayol

domingo, 26 de enero de 2014

Una poesía dedicada a las tierras palentinas

La siguiente poesía fue premiada en el concurso convocado dentro de los actos de celebración del 25 aniversario del Instituto Nacional de Bachillerato de Saldaña (Palencia) en 1978 y publicada en el “Libro conmemorativo de las bodas de plata del Instituto de Saldaña”. Página 201-202.
 
                         PALENCIA, SENTIMIENTO  
  
Tengo un cantar dormido entre mis labios
y una pena en el fondo de mi alma,
y una tierra tengo en el corazón
que tiene también pena en las entrañas.
    
Una pena de ayer que hoy se deshace
en la voz de su campo fecundado;
un grito que se transformará en canto
cuando el trigo su piel haya rasgado.
    
Mi tierra en este invierno tiene sed
de grandes manos llenas de esperanzas,
de arados fieros que labren su pecho,
y de semillas ardientes y mansas. 
                                
Camina el sembrador entre los campos
cuando la tierra aún no ha florecido;
arroja paso a paso grano a grano
y el sol ya por el cielo se ha perdido.
 
Es el hombre que vive con su tierra,
que hace senderos a sus bueyes pardos,
que lleva polvo pegado en su frente
y cansados los pies por el trabajo.
 
Cansados de fatigas y de sueño,
cansados de humildad y de trabajo,
obreros, campesinos y mineros,
cansados de sudar caminan hartos.
 
A tus hombres, Palencia, doy la mano,
de tus llanos y ríos me estremezco,
por tus montes de roble llego al páramo
con tomillo y con flores de tu brezo.
 
Son tus tierras resecas en verano
de amarillo rojizo que el Sol quema;
refrescando el azul sobre tu cuerpo
reposa el claro cielo en primavera.
 
Son vivas tus entrañas, verde el fruto
que de tu vientre cedes a la vega;
dorados mares surgen de tus fuentes
de inagotables granos en la siega.
 
Es tu querer lo único que quiero,
Palencia quiere sueños y semillas;
es tu sentir lo único que siento,
Palencia, sentimiento de Castilla.
 
Nadie podrá arrancarme de tu lado
porque ya mis raíces te surcaron;
ya no podré buscar en otra parte
porque tu sol mi savia ha transformado.
 
Quisiera que mi voz sonara a trueno
y que como el relámpago surgiera;
quisiera ser un Dios para nombrarte
y hacer divino el grito a quien lo oyera.
 
Yo sólo soy rocío en la mañana
que tiembla ante los ojos de la aurora;
yo en la tormenta soy perdida estrella
prisionera de lluvia arrasadora.
 
Pero si tú quisieras ser mi playa,
yo sería tu mar acariciante,
surcaría en mis olas el vacío,
para envolverte toda y abrazarte.
 
Tú podrás ser la tierra que yo pise,
y tú serás la tierra que yo more,
y sólo tú la tierra que yo bese,
tú Palencia, serás a quien yo adore.
 
                 Teresita Rodríguez Martínez

jueves, 26 de septiembre de 2013

Recuerdos de Villapún

Villapún es un pueblecito de la provincia de Palencia que se encuentra ubicado en un alto, en una especie de meseta que obliga a ascender desde cualquier punto en el que se tome la ruta: la Roza, la Varga, la carretera que parte de Santervás de la Vega...
Este hecho, esta elevación geográfica, propicia en el pueblo la limpieza y transparencia del aire que nunca está contaminado, sino límpido y cargado de los aromas de las plantas campestres que lo rodean.
En este pueblo, los que ya andamos por la década de los setenta, aunque no vivimos allí y sólo pasábamos temporadas, pudimos disfrutar en la infancia y adolescencia hechos muy bellos, costumbres, estampas veraniegas cuando el trabajo del campo era muy duro pero sobrellevado con humor y alegría.
El ambiente se respiraba muy familiar porque no era aún frecuente que sus buenas gentes salieran a buscarse la vida en otros lugares y todos se sentían allí como en una casa común: se gozaba y se sufría comunitariamente; por ejemplo en el fallecimiento de alguno de sus habitantes ¡cómo se compartía el dolor!
En aquellos días veraniegos en los que todo el mundo trabajaba en las faenas del campo, incluidas las mujeres, cuando se hacía el agosto y había que madrugar para llevar la mies a la era antes de salir el sol para después trillarla cuando el astro pegaba duro, podía oírse el canto de los jóvenes que con la cara casi tapada por las alas del sombrerón de paja daban vueltas y revueltas sentados en el trillo que separaba el trigo de la paja.
Otro tanto ocurría cuando al atardecer volvían las mozas ya cansadas del trabajo y con la cabeza aún tapada con el pañuelo de lienzo blanco cogían los botijos y "las botijas" y salían cantado hacia la fuente del Canto para llevar a sus casas el agua fresca que conservaban en los amplios portalones de la entrada. ¡Y qué rica estaba tan natural y refrigerante sin necesidad de los frigoríficos!
Los domingos eran muy especiales: por la mañana la misa a la que nadie faltaba con su traje festivo, cuando las mozas lucían, de vez en cuando, sus vestidos nuevos y Nisio cantaba desde el coro el "introito" en latín seguido por todos con los "Kyries" y los demás elementos de la misa de Ángelis; por la tarde, cuando "Don Ugenio", el cura del pueblo que estuvo de párroco casi cincuenta años y era como el patriarca de todos los feligreses, tocaba hacia las cuatro al Rosario, también acudía todo el mundo. A la salida, las mozas, en grupo, iban de paseo frecuentemente por la carretera, y los mozos en otro grupo, por algúnn lugar próximo, hasta que se juntaban para pasar la tarde. Eran esparcimientos y diversiones muy sanos.
El invierno, tenía otras características distintas. El trabajo del campo, que nunca faltaba, no era tan duro como en el verano, y después de realizada la tarea, todo el mundo se recogía en casa donde se reunían en las noches con los vecinos o parientes en los célebres hiladeros cuando las mujeres hilaban la lana de sus ovejas, los hombres hacían escriños y los niños se dormían acurrucados en la trébede. Durante esas veladas, como no había televisión ni aparatos de radio, porque el único que lo tenía era el señor cura o el médico que residía en Santervás, se entretenían comentando las noticias del periódico que eran casi dogma de fe: lo que decía "el papel" era siempre la verdad pura y nadie osaba ponerlo en cuestión.
En este tiempo invernal se hacía la matanza del gocho seguida de la picatuesta, a la que se invitaba a los parientes y vecinos para participar de las primeras pruebas (asadas o guisadas) del animal que sabían a gloria. La faena de prepararlo todo, hacer los chorizos, las morcillas y curar los jamones era laboriosa pero se hacía con gusto porque ya se contaba en la despensa o bodega con los ingredientes necesarios para hacer el cocido de mediodía durante todo el año.
Para ir a la iglesia en esta época invernal, cuando las calles se hallaban llenas de barro o cubiertas de nieve, había que utilizar las "albarcas" de madera que, con sus tacos ayudaban a caminar sorteando los barrizales. Todo el mundo las llevaba, incluido "Don Ugenio" y se dejaban en el atrio de la iglesia para volver a calzarlas a la salida, lo cual daba a veces lugar a escenas graciosas cuando alguien involuntariamente las había cambiado dejando las suyas y poniéndose las del vecino.
En síntesis, la vida de Villapún en aquella época de los años cincuenta, era sana, familiar y el pueblo un conjunto de casas de adobe con grandes corralones que tenían en la pared que daba a las calles los típicos "arbañales" o ventanillos a ras del suelo por donde entraban y salían las gallinas como Pedro por su casa a picotear en las calles sin asfaltar o entre las hierbecillas que brotaban por las orillas de las casas.
No dudamos que Villapún ha ganado mucho con sus chalets, sus calles asfaltadas y sus jardineras; ahora está chulisimo, pero la vida se ha vuelto más independiente y moderna con las novedades que han introducido los hijos del pueblo que viven en las ciudades y regresan allí a pasar las vacaciones. Bienvenidas sean estas mejoras que hacen la vida agradable y cómoda, pero aquel ambientillo de los tiempos pasados era tan familiar, tan sencillo y tan sano, que es como una añoranza en los que lo vivimos cuando éramos pequeños y perseguíamos las mariposas ocre que revoloteaban en torno a los robles.
En fin, cada época trae lo suyo y el progreso con sus cambios positivos es bueno. De todas las formas, Villapún siempre será Villapún y para los que hemos nacido allí, no hay otro pueblo mejor en España.

María Eugenia Maeso

martes, 28 de mayo de 2013

El baile de los vencejos

¿Volveremos a disfrutar de este espectáculo natural en los cielos de Villapún?


domingo, 26 de mayo de 2013

La banda sonora del buen tiempo

La infancia, esa “patria común de todos los humanos”, como la definiera genialmente el gran Delibes, es una etapa fundamental de la vida en la que se perfila lo que será nuestro carácter y personalidad. Los que hemos tenido la suerte de nacer y crecer en un pueblo pequeño tenemos marcados a fuego algunas de las vivencias y paisajes que nos acompañaron en aquellos primigenios tiempos.
Uno de los primeros recuerdos que aún conservo en mi memoria son los atardeceres de la primavera avanzada, allá por los meses de mayo y junio, aquellas tardes interminables de sol y buen tiempo. Me veo en la parte trasera de mi casa, junto a la Huerta, el día ya casi vencido, mientras el sol se hunde poco a poco en la línea del horizonte, creando un escenario fantástico de luminosidad anaranjada al que sólo le falta una banda sonora adecuada para convertirse en un espectáculo natural difícil de olvidar. Y la tiene: la banda sonora de la primavera y el verano en Villapún la ponen esas aves oscuras de alas falciformes que desde hace unas semanas llenan nuestros cielos. Son los vencejos, que precisamente al atardecer rasgan el aire en grupos numerosos formando un carrusel viviente de gritos en veloz persecución. Me veo allí, fascinado por la algarabía de estas enigmáticas aves, envidiándolas e imaginando a qué extraño juego de pillar se estarán entregando.
Allí estoy, con un "tirapiedras" entre las manos intentando derribar alguno de estos intrépidos kamikazes, con esa curiosidad propia de la infancia, no exenta de ingenuidad y, por qué no decirlo, tampoco de una cierta crueldad en este caso, aunque acertar en vuelo a uno de ellos resulta tarea prácticamente imposible. Desde entonces estas aves me apasionan y celebro su puntual regreso cada primavera, procedentes de la lejana África subsahariana donde pasan el resto del año, como si de ilustres turistas se tratase que vienen a visitarnos para estivar en nuestros dominios y nos abandonan a las primeras de cambio.
A menudo me pregunto en qué momento se pierde esa inocencia tan propia de la infancia. También aquí la memoria es selectiva y aún recuerdo cuando un mozalbete de mayor edad me invitó a acompañarle hasta Mataelcanto para ver el nido de cierto pájaro. Y para engatusarme me aseguró que se trataba de un nido de enormes dimensiones. Con tal argumento no le costó convencerme para que le acompañase hasta dicho lugar, que en aquella tierna edad se me antojaba tan distante como cualquier lejano pueblo. Pero yo me veía ya metido dentro de un nido “más grande que el de la cigüeña”, con lo que el camino se me hizo cortísimo. Y llegados allí, ante el árbol que sostenía el nido, descubrí con gran decepción, que en realidad estaba formado por cuatro palos mal puestos, ya que que se trataba del minúsculo nido de una paloma torcaz… y para colmo estaba vacío. Para mi aquello no tenía sentido, pero era el pistoletazo de salida, había empezado a descubrir de manos ajenas lo que era una mentira y recuerdo mi perplejidad ante el, a mi juicio, sinsentido de la misma. Mientras, las risas y el jolgorio de mi compañero incidental no hacían sino aumentar mi desconcierto.
Pero volviendo a los vencejos, éstos vuelven a ser protagonistas en otro capítulo de mi infancia en el que también participaban algunos "chiguitos" de los mayores del pueblo, que ya habían superado esa fase de pueril inocencia en la que yo aún me encontraba. Uno no sabe muy bien con que objetivo, pero habían pergeñado un rudimentario sistema con el que “pescaban” vencejos al vuelo. Y digo bien “pescar”, pues se trataba de subir a las troneras de la torre de la iglesia, que por aquel entonces estaba totalmente accesible para nosotros, para colocar allí una caña orientada hacia el vacío exterior, con su sedal y su anzuelo incluido, pero cebada, en vez de con algún suculento animalejo, con un ligero trozo de lana de oveja, de manera que extendida al viento flotase como si de una pelusa cualquiera se tratara. Atraídos por tan sugerente reclamo, los vencejos enseguida acudían compitiendo entre sí por conseguir el preciado tesoro que emplearían en la construcción de su nido y no tardaba mucho en caer el infortunado vencedor de tan macabra competición. Aún no me explico para qué cazaban a los vencejos si no es por la envidia de su vuelo o el simple morbo de desplomar un ser inalcanzable, pero a mí me permitió por vez primera apreciar de cerca una de estas enigmáticas aves.
También a veces me planteo en qué momento de nuestras vidas muchos de mis congéneres pierden esa curiosidad y fascinación que todo niño muestra por los fenómenos naturales y más en concreto esa atracción hacia los animales. En qué momento comienza la indiferencia, y en no pocos casos incluso el odio y la crueldad, hacia esos compañeros de viaje que tanto apreciamos en nuestra más tierna infancia. Y me vienen de nuevo a la memoria los vencejos, esos que fascinaban a los más pequeños, los mismos a los que los "chiguitos" preadolescentes pescaban sádicamente y ahora, ya convertidos en adultos, ignoran e incluso desprecian cuando se realizan unas obras de reparación en el tejado de los edificios, desnidando pollos de unas aves que no sólo alegran nuestros pueblos sino que nos libran de miles de moscas, mosquitos y otros insectos perjudiciales. 
¡Qué ingratos somos los humanos!. Hemos dejado de mirar a los cielos, corren tiempos en los que ya ni siquiera los labradores están pendientes de las alturas, como hasta no hace mucho ocurría, más atentos ahora de recibir la subvención de turno o confiados en la alta rentabilidad productiva que aseguran las pestes químicas que se añaden a nuestros campos. Y es que la calidad de vida no debería medirse sólo por los avances tecnológicos o por el producto interior bruto. ¿Realmente es este el mundo que queremos para nuestros hijos? ¿Un mundo sin pájaros, de alimentos sintéticos y de paisajes muertos y uniformes? Yo al menos no, y espero que a pesar de todo los vencejos sigan acudiendo puntuales cada primavera a su cita en Villapún para poner la banda sonora del buen tiempo. Y confieso, como ya hiciera el añorado Félix Rodríguez de la Fuente, que "no me importaría nada marcharme, dentro de unos años, con el último vencejo, a dormir también volando allá arriba, a mil quinientos metros de altura, a donde es posible que no lleguen los ruidos, ni la contaminación, ni las preocupaciones, ni las injusticias de los hombres".

Roberto Rodríguez Martínez

Puede verse un video dedicado a los vencejos en el canal de Villapún en YouTube.
  

viernes, 2 de marzo de 2012

Un recorrido por la Cañada

La Cañada Real Leonesa Oriental es una vía tradicional que conecta los pastos de invierno de las dehesas extremeñas con los de verano en las montañas leonesas a lo largo de un trayecto de unos 700 kilómetros que los ganados trashumantes recorrían dos veces al año. Esta cañada discurre por diversos pueblos de la provincia de Palencia, entre ellos por Villapún en la zona de La Cerra durante algo más de un kilómetro y medio.
Recientemente se ha publicado un libro con el título "Diario de un viaje trashumante" cuyo autor es Eduardo Saiz, naturalista que narra su experiencia al unirse a uno de estos ganados que actualmente tratan de recuperar la secular actividad de la trashumancia. El libro, a modo de diario de campo bellísimamente ilustrado, nos relata el día a día del trabajo ganadero, los saberes tradicionales y la extraordinaria belleza de los paisajes transitados. En él se describe el recorrido entre la capital palentina y el pueblo leonés de Portilla de la Reina en los pastos de las montañas de Riaño. Nos interesa particularmente el tramo entre Villambroz y Villota del Páramo, que discurre en parte, aunque no se nombra, por terrenos de Villapún, donde describe entre otras cosas los tradicionales corrales de ovejas construidos de adobe y piedras. Podéis ver la portada del libro así como varias imágenes del mismo.
Una lectura muy recomendable y una propuesta para recorrer a pie la Cañada de Villapún ahora que se acerca la primavera.

jueves, 26 de enero de 2012

"El hiladero"

Hubo un tiempo en el que llegado el invierno las familias y amigos se reunían al caer la noche en alguna casa para pasar el rato y hacer diversas labores cotidianas, como remendar la ropa, tejer, hacer cestos o escriños, escoscar legumbres y otros frutos, etc. Pero no todo era trabajo, pues también había tiempo para jugar a las cartas, relatar cuentos e historias, comentar chascarrillos, cantar coplas y romances, rezar el rosario o gastarle a alguien alguna broma. De esta manera se hacían más amenas y productivas estas veladas de las largas noches invernales a la luz del candil y al calor del fuego.
Agustina Tejerina nos cuenta sus recuerdos e impresiones personales de un tiempo que ahora nos parece perdido, pero que no debemos olvidar pues perdura aun en el corazón de quienes lo vivieron. Agradecemos su generosidad por compartir sus vivencias de aquella época en la que el "hiladero" constituía el núcleo de las relaciones sociales de los pueblos durante la estación más fría del año.

Durante muchos años al llegar el invierno un grupo de amigos o familiares se reunían en una casa después de cenar, en lo que se llamaba “hiladero”. Nunca mejor dicho, porque durante la velada las mujeres se dedicaban a hilar la lana de sus ovejas que ellas mismas habían lavado y cardado; y después a darle a la rueca y al huso. Y cuando hacían un ovillo ya empezaban a tejer: calcetines, jerseys, bufandas, guantes… todo venía bien porque las familias eran bastante numerosas.
En casi todas las casas uno de la familia era pastor. Pues bien, éste también aprovechaba el hiladero para hacer o remendar su indumentaria, compuesta por las bragas, la zamarra, las angorras y el zurrón, todo ello hecho con las pieles de las ovejas, lo cual no sería muy cómodo de llevar, pero sí muy resistente al frío y la humedad; y en realidad es de lo que se trataba, porque el invierno era muy largo y muy duro y el pastor estaba todo el día a la intemperie, con frío, lluvia o nieve, desde el amanecer que soltaba las ovejas hasta el anochecer que las recogía en el corral, todo el día aguantando las inclemencias del tiempo.
En el hiladero otros pasaban el rato haciendo escriños o cosiendo zapatos hasta que la vista ya se cansaba, porque la luz era escasa, tanto que a veces había que encender el candil de aceite para iluminar un poco más la cocina.
También había un rato para jugar a las cartas, los mayores a la brisca. Y los chicos, primero teníamos que hacer las cuentas de multiplicar o dividir, y después también jugábamos, al repelús, a la raposa o al cinquillo, o bien haciendo cuentos o adivinanzas.
A la juventud de hoy les parecerá raro que así nos pudiéramos divertir, pero, la verdad, otra cosa no habíamos visto, porque en todo el pueblo sólo había tres o cuatro aparatos de radio, uno en casa del cura y los otros repartidos en alguna que otra casa, y a veces ni se oían por falta de luz y los enchufes hacían un ruido como si pasaba una tormenta.
Hoy todo ha cambiado. Vivimos en la época del despilfarro, de gastar lo que yo quiero y en lo que se me antoja: que este ordenador se ha pasado de moda, pues que me compren otro; que la bicicleta se queda pequeña y el coche corre poco, que me compren otro… Y así sucesivamente, nunca llegamos al tope, porque la técnica va cambiando y sacando al mercado cosas nuevas y tan bonitas que ¿quién se resiste?.
Aún careciendo de todas las cosas modernas que hoy existen, sin duda alguna para mejor, nosotros tenemos un buen recuerdo de la niñez. Sentados encima de la trébede, que estaba bien calentita con el calor que subía de la hornacha, donde las madres cocían el puchero de garbanzos con carne de oveja, chorizo, tocino y el relleno hecho con el huevo de la gallina que andaba cacareando por el corral.
El “domingo gordo”, que es el anterior al miércoles de ceniza, se hacía una cena todos juntos. Nunca faltaban las orejuelas, que las madres hacían con tanta ilusión y nosotros comíamos hasta vaciar la cesta.
Y así, con alegría y buenos recuerdos, despedíamos el hiladero hasta el próximo invierno.


Agustina Tejerina

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Historias y despojos memoriales de la infancia

(Los animales domésticos)
Nos situamos en la vida de mediados de siglo pasado, saliendo de las miserias que acarrea una guerra (1936-39) “¡Esa sí que fue crisis y no la de ahora!”.
Fueron tiempos de escasez, obligados a hacer de todo en casa, por falta de posibles. Aprovechabamos la “cartilla de racionamiento”, el “estraperlo” y nos iluminábamos a la luz del candil.
En las casas de familia de aquellos pueblos, en años de mi niñez, los animales domésticos jugaban un papel importante: las vacas o las mulas (si las había), los cerdos, las gallinas, el burro, el perro carea, y hasta el gato. Y las ovejas también (aunque estaban en el corral, lejos de casa).
¿Cómo no ser importantes, si nos ofrecían ayuda en los trabajos, alimentos, posibles ganancias en las compraventas y muchas cosas más?
Con el tiempo y los muchos amaneceres fuimos saliendo de la tristeza de saber que todo se resumía en trabajar, dormir y comer lo poco que había, aunque cantábamos delante del carro de vacas camino adelante canciones de los "Tres Suramericanos"o Mari Trini. Nos reíamos con Gila y admirábamos a Picasso o al Cordobés.
Pero no olvidemos a los animales de casa. No les dejemos de lado. Cantemos hoy sus méritos y relaciones con nuestras vidas de entonces.

Ya de mañana, en la cocina, se despereza el gato que dormitó en la noche, cuidando que los ratones no se paseasen libremente por la casa, si bien debíamos tener a buen recaudo los torreznos y sardinas. Si sentía el hambre en su barriga, era capaz de subir a los tejados en busca de algún pájaro con el que saciar su necesidad.
El perro carea (siempre vi uno en casa) era el conductor y guardián del rebaño a las órdenes del pastor.
Siempre fiel a la familia, era el anunciador de visitas con sus ladridos extraños. Nos acompañaba a cualquier sitio sin pedir jornal alguno, a lo sumo alguna caricia de reconocimiento.
En un rincón de la tenada estaban los gochos bien tranquilos, esperando la hora de que nuestra madre les sirviera las verduras, los boñigos con harina de centeno o las patatas cocidas y sobras de comida, cuando las había. No me extraña que nunca supiera su nombre pues no he visto animal que tantos tenga: cerdo, gorrino, cochino, puerco, guarro, chanco… y una docena más. Y si sus nombres son muchos no son menos los productos que nos regala este animal: cabeza, cinta de lomo, costillar, solomillos, tocino, jamones y carnes para chorizos, codillos, orejas y rabo ...
Con verdad se dice que "del cerdo se aprovecha todo, hasta sus andares”.
Y llegaba el día de la “matanza”, allá por San Martín (11 de Noviembre), transcurridos unos 9 meses desde que fue comprado, y llegando a pesar de 16 a 20 “arrobas”. Con todo preparado, se sacrifica el animal muy de mañana. Así comienza un día frenético, con las más diversas faenas para limpiar y tener todo a punto hasta que las piezas quedan en salazón en la oscura bodega. A vecinos y familiares y a los que ayudaron en las faenas se les lleva un “aguinaldo” con algún producto del cerdo recién sacrificado, después de pasado el control veterinario. Después de un tiempo prudencial, se hacen los chorizos y morcillas y se cuelgan los jamones al humo de la lumbre familiar.
En mi mente están aquellas “moragas”, regadas con aceite, con ajo picado y pimentón, que una vez pasadas por la renegrida sartén, las comíamos acompañadas con pan y un trago de vino de pitarra del porrón. Y también recuerdo que no entendía las prohibiciones de consumir cerdo de judíos y musulmanes, ni tampoco de nosotros los cristianos en los viernes de todo el año. Para nosotros, se dulcificó la abstinencia de comer carne en la Edad Media con la bula papal y hoy se reduce al viernes de la semana Santa.
Muy de mañana mi padre pasaba por la cuadra para echar en el pesebre la primera comida a las vacas.
Si había faena en el campo, después de almorzar las uncía con el “hugo” y el carro de ruedas de hierro y caminando se iba hasta la tierra para darla una vuelta de arado antes de que llegasen las heladas. No creais que solo servían de ayuda al labrador en sus trabajos en las tierras de labor pue también proporcionaban leche, carne, pieles y becerros. Sin olvidar el abono de sus excrementos para fertilizar la tierra.
Ya para los hebreos, además del becerro de oro símbolo de la idolatría, José (hijo de Jacob) simbolizó la abundancia y la escasez con las 7 vacas gordas y la 7 flacas.
En nuestra cultura, el buey representó al Evangelista San Lucas y aparece en las postales junto a una mula en el Portal de Belén dando calor al Niño Dios.
Y no digamos de los hindúes, que respetan y veneran a las vacas como la encarnación de todos los dioses. Por eso ni las matan (sería matar a un brahmán) ni comen su carne.
Se oye al burro que con su habitual terquedad y semblante de resignación pide hierba verde para el almuerzo o que le demos libertad y soltura para buscarse su sustento. No sabe que hoy le espera una jornada con las alforjas en su lomo para ir a acarrear sacos de hierba desde el cercano prado de “Vallejuelo” hasta al pajar junto a la cuadra.
Aquel día por la mañana Daniel no había tocado el cuerno que indicaba la hora de la salida de la cabaña. Esa tarde todos mis amigos y yo no bajaríamos montados en los burros hasta “los charcos” jugando a antiguas batallas de caballería. No me explico por qué a los hombres torpes se les llama burros, si ellos tienen gran inteligencia.
Mientras tanto las gallinas de la casa ya han bajado de sus “acostaderos” y se disponen a que les derramen unos puñados de grano de trigo y cebada como alimento. A continuación salen por el “arbañal" del portal y pasean por los alrededores, por las eras y hasta los “molederos”, escarbando aquí y allá. Eso sí, nunca van solas, siguen los pasos del gallo que, altivo y arrogante como un capitán de tropa, va dando órdenes con sus sonoros "quiquiriquíes". Algunas han dejado su huevo diario y otras le pondrán en los “neales” al regreso. Cuando el nnúmero de “ponedoras” era pequeño (una gallina puede vivir 4 años, dejando  de poner huevos algo antes) se apartaban unos 20 huevos de buena medida, esperando que alguna gallina tuviera signos de estar “clueca”. Una vez que sucedía, se la colocaban los huevos en un cesto de paja tapado con una criba en la cocina y cerca del fogón para que con su temperatura y la de la cocina “incubase” los huevos los 21 días reglamentarios hasta su eclosión y nacimiento de los polluelos. Los pollos y gallinas fueron en mi niñez básicos para nuestra alimentación. Voy a pasar hoy de “la gallina en pepitoria” o del “pollo al chilindrón”, pero soy incapaz de callar que fueron la solución para muchas bocas hambrientas a la hora de sentarnos a la mesa. Y tampoco olvido la venta de huevos los martes en Saldaña, para sacar algunas perrillas. Enfermos y parturientas se reconstituían con los caldos de gallina aportados por las vecinas en sus visitas de costumbre que nos enseñaron a hacer nuestros abuelos.
Seguro que estos pueblos nacieron a la vera de los ganados de ovejas. Todo nos hace pensar que en principio fueron tierra de nadie ocupadas por pastores. Siendo niño recuerdo que rara era la casa que no tenía una cabaña con un número variable de reses. Para cuidarlas se encargaba un miembro de la familia y si no era así se ajustaba a un pastor que estuviera libre y dispuesto a pasar el año cuidando el rebaño. Se decía “ajustar al pastor” porque debían estar de acuerdo en las fanegas de centeno, el número de ovejas y el dinero a pagar o recibir por todo un año (ya fuesen reales o pesetas, que eran ya moneda corriente), desde el 29 Junio, día de San Pedro, hasta el mismo día del año siguiente.
El pastor con sus “bragos" o "zanjones”, sus “hangorras" o "polainas”, su “zamarra” y el “zurrón”, apoyado siempre en su "cachava", con la salida del sol dejaba el pueblo para estar con sus ovejas hasta el anochecer.
Conocía cada oveja, su edad (si era "primala", "borra" o "vieja") viendo sus dientes. Sabía esquilar, señalar las orejas, y también“rabonar” los corderos y si era o no “machorra”.
No conocí la antigua costumbre de que al pastor le acompañase el “corderero” ni el “borreguero”. Solo doy fe de apartar los “marones” en verano para cubrir las ovejas a su tiempo a fin de que nacieran los corderos en una quincena de días al iniciar la primavera. Ya en verano se vendían los corderos y por San Pedro se comenzaba un nuevo año.
Si en nuestro pueblo de mediados del siglo XX el labrador se merece un monumento, el pastor de siempre merece dos.

VOCABULARIO:
• Estraperlo: Comercio ilegal de los años 1940-50 .
• Matanza: Sacrificio del cerdo en el pueblo.
• 1 arroba: 11,5 kilos.
• 1 fanega: 43 kilos de trigo.
• Aguinaldo: Regalos entre familiares y amigos en épocas navideñas.
• Moragas: Primeras carnes rojas extraídas del cerdo.
• Hugo: Yugo para uncir las vacas para las faenas del campo.
• Vallejuelo: Pequeño valle. Término del pueblo de Villota del Páramo. 
• Los Charcos: Zona de lagunas ocupada por agua estancada.
• Acostadero: Zona de descanso para que las gallinas descansen en un lugar elevado.
• Arbañal: Pequeño hueco por donde sale el agua del patio y a veces pequeños animales.
• Neal: Nido para que las gallinas puedan depositar sus huevos.
• Clueca (en otros lugares “choca”): Gallina dispuesta a incubar huevos y nazcan los pollitos.
• Ajustar: Trato para contratar un pastor o criado.
• Bragos (o zanjones): Piezas de la vestimenta que cubren el vientre y las pantorrillas del pastor.
• Hangorras (o polainas): Vestimenta para las pantorrillas hasta los pies.
• Zamarra: Especie de blusón de piel de oveja para los pastores.
• Cachava ( o cayado): Palo con un extremo redondeado para cogerlo con la mano.
• Primala: Oveja de 1 a 2 años.
• Borra: Oveja de 2 a 3 años.
• Vieja: Oveja que supera los 6 años.
• Rabonar: Cortar el rabo a los corderos.
• Machorra: Oveja estéril.
• Corderero: Joven aprendiz de pastor que solía cuidar de los corderos.
• Borreguero: Pastor que cuida los carneros y sementales.
Agustín de la Fuente
          
15 de diciembre de 2011

lunes, 26 de septiembre de 2011

Balada del hermano limosnero

En el convento de Montehano, bahía de Santoña, y en su cercanía no hay gorriones. Esta es la historia que canta esta “balada”:

                     I

En el convento de Montehano,
cuenta la historia, vivió un hermano
cuyos milagros narran aún,
fue Fray Melquiades de Villapún.

Fue conocido por sus bondades
este bendito de Fray Melquiades.
Y en el convento, tan servicial,
era sencillo y angelical.

Antes que el alba rayara el día,
al dulce grito de:_”
Ave maría
”,
él despertaba, buen despertar,
para que todos fueran a orar…

No escatimaba ningún servicio,
pero tenía por santo oficio
ser limosnero. Y diligente
cumplía el cargo ¡tan santamente!

Siempre vestido con su sayal
y a las espaldas breve morral,
por pueblo, aldea o caserío
iba descalzo, con sol o frío.

Por Dios bendito limosneando
iba pidiendo y al tiempo dando:
para los frailes pedía pan
y el frailecillo daba la paz.

                    II

Tiene el convento quietud profunda
y un bosquecillo que paz inunda
y una marisma que trae al mar
hasta los muros a golpear.

Altas gaviotas peinan los vientos,
giran, se alocan, casi por cientos,
y en la maleza del bosquecillo
hay toda clase de pajarillos:

Tordos, malvises y verderones,
mirlos, jilgueros… mas ¡no hay gorriones!
Jamás se ha visto, y ya es portento,
pardal alguno por el convento.

                    III

Cuenta la historia que el buen hermano,
santo Melquiades, rosario en mano,
fardel al hombro, volvía un día
de la limosna. Trigo traía.

Cuando llegaba casi al convento
por la vereda ya, tan contento,
le rompió el saco y quiso el cielo
que todo el trigo cayera al suelo.

Una bandada, _¡voraz tropel!_
de gorrioncillos dio cuenta de él.
No quedó un grano por el sendero
y Fray Melquiades, el limosnero,

mirando al cielo, sencillo y grave,
dijo a la tropa de aquellas aves:
_”
Porque comisteis todo mi trigo,
aves hermanas, yo no os maldigo.

Ancho es el cielo y el horizonte,
dejad la casa, dejad el monte,
y así, en el nombre de Dios, bribones,
no volváis nunca jamás, gorriones…
”.

El capuchino, triste, calló
y la bandada se dispersó.
Cuentan archivos conventuales
que desde entonces ya no hay pardales.

Y cuando al alba cantan las aves
falta al conjunto las notas graves,
pues al variado, lindo concierto
no van gorriones… ¡Y esto es lo cierto!

Fermín de Mieza

Relato publicado en el libro "ENCENDIDA BELLEZA", editado en diciembre de 1984.

Puede verse una imagen de Fray Melquiades en la sección "Villapuneses" y más información sobre este fraile en otra entrada de este blog.

Fray Melquiades de Villapún, un Capuchino con fama de santo

El convento Capuchino de Montehano se encuentra en el municipio cántabro de Escalante, cerca de las marismas de Santoña. El edificio, declarado Monumento Nacional, se ubica en un lugar privilegiado rodeado de chopos, pinos y encinas y la calma y el silencio envuelven al viajero que se acerca a sus muros en una sensación de paz sólo posible en un lugar como este. Al visitante que accede a su interior lo primero que le llama la atención es un viejo cuadro colgado en el recibidor y que representa a un barbudo fraile de aspecto venerable y bonachón. Al preguntar de quien se trata los amables Capuchinos indicarán que es Fray Melquiades de Villapún, de quien aún en el convento se guardan entrañables recuerdos a pesar de los más de tres cuartos de siglo pasados desde su muerte. Pero ¿quién fue este Fray Melquiades y por qué lleva el sobrenombre de nuestro pueblo?
Su nombre de pila fue Gavino Maeso Bastidas y nació en Villapún en el año 1.861. Era tío de la señora Benigna, abuela de Loli, Mª José y Juan Carlos. A los 28 años ingresó en el monasterio de los padres Capuchinos en Montehano, donde cambió su nombre, como es costumbre entre muchos religiosos, por el de Fray Melquiades de Villapún, nombre por el que se le conoce y que llevó hasta su muerte.
Durante toda su vida destacó por su bondad y entrega a los demás y fue labrándose una cierta fama de santo. Era uno de los llamados "frailes limosneros", es decir que salían del convento para ir a pedir y predicar por el mundo. Son numerosas las anécdotas e historias que se cuentan de él, como cuando venía descalzo pidiendo por la Vega de Saldaña y a la altura de San Martín del Obispo se encontró con un hortelano que trabajaba en la huerta y al pedirle limosna, el labrador, que no debía ser muy devoto, levantando la azada le contestó: “una de éstas os daba yo a vosotros”; la inesperada respuesta de Fray Melquiades fue que “una azada le vendría muy bien para poder labrar en el convento y que le estaría muy agradecido”. Ante estas palabras el hortelano se apiadó de él y no tuvo más remedio que concederle la limosna solicitada.
La historia más difundida tiene que ver con la ausencia de gorriones en el convento de Montehano y fue glosada con el título de “balada del hermano limosnero” por el padre Fermín de Mieza en su libro “Encendida belleza”, publicado en 1.984 y posteriormente reproducida en la revista religiosa “El Santo”. Podéis leer esta curiosa historia, entre la leyenda y la realidad, en otra entrada de “crónicas de un pueblo”. También puede verse una fotografía de Fray Melquiades en la sección “Villapuneses” de la página web www.villapún.es.
Fray Melquiades murió el 11 de septiembre de 1.925 a los 64 años de edad y 36 de religioso Capuchino. Fue enterrado en el jardín del monasterio, como era costumbre en la época, pero en los años ochenta del siglo pasado se decidió exhumar los cadáveres de los frailes para trasladarlos a nichos individuales. Cuando se abrió la tumba de Fray Melquiades, según testigos presenciales, apareció su cuerpo incorrupto y exhalando un olor agradable, lo cual fue interpretado como un posible signo de santidad, como así fue recogido por la prensa santanderina de la época. Incluso hubo algún familiar que donó un dinero a los frailes por si algún día se abre una causa para elevar a los altares al entrañable fraile de Villapún. De momento sus restos siguen descansando en el nicho del convento de Montehano.
Queremos agradecer desde aquí a Agustina Tejerina las fotografías e información facilitadas para la elaboración de esta entrada.