- "La banda sonora del buen tiempo" en la sección "crónicas de un pueblo" de www.Villapún.es.
- La extraordinaria capacidad de aprendizaje de los vencejos en "El Observatorio" de la revista "Quercus".
- Destruida la colonia de vencejos de la iglesia de Villapún.
- Conoce a fondo a estas aves de la mano de Félix Rodríguez de la Fuente en el apasionante relato de "La aventura de la vida"...y si te gusta también puedes escuchar la 2ª parte.
"Crónicas de un pueblo palentino"
"Crónicas de un pueblo palentino" es una sección de la web www.villapún.es en la que se publican relatos verídicos o de ficción que tengan relación con el pueblo de Villapún o la cultura rural en general. Si quieres participar escribe tus historias y vivencias, tu relación con el pueblo, acontecimientos del pasado, cuentos del abuelo, aventuras de la infancia..., en fin, lo que quieras y envíalo a: villapun@gmail.com
martes, 28 de mayo de 2013
El baile de los vencejos
¿Volveremos a disfrutar de este espectáculo natural en los cielos de Villapún?
domingo, 26 de mayo de 2013
La banda sonora del buen tiempo
La infancia, esa “patria común de todos los humanos”, como la definiera genialmente el gran Delibes, es una etapa fundamental de la vida en la que se perfila lo que será nuestro carácter y personalidad. Los que hemos tenido la suerte de nacer y crecer en un pueblo pequeño tenemos marcados a fuego algunas de las vivencias y paisajes que nos acompañaron en aquellos primigenios tiempos.
Uno de los primeros recuerdos que aún conservo en mi memoria son los atardeceres de la primavera avanzada, allá por los meses de mayo y junio, aquellas tardes interminables de sol y buen tiempo. Me veo en la parte trasera de mi casa, junto a la Huerta, el día ya casi vencido, mientras el sol se hunde poco a poco en la línea del horizonte, creando un escenario fantástico de luminosidad anaranjada al que sólo le falta una banda sonora adecuada para convertirse en un espectáculo natural difícil de olvidar. Y la tiene: la banda sonora de la primavera y el verano en Villapún la ponen esas aves oscuras de alas falciformes que desde hace unas semanas llenan nuestros cielos. Son los vencejos, que precisamente al atardecer rasgan el aire en grupos numerosos formando un carrusel viviente de gritos en veloz persecución. Me veo allí, fascinado por la algarabía de estas enigmáticas aves, envidiándolas e imaginando a qué extraño juego de pillar se estarán entregando.
Allí estoy, con un "tirapiedras" entre las manos intentando derribar alguno de estos intrépidos kamikazes, con esa curiosidad propia de la infancia, no exenta de ingenuidad y, por qué no decirlo, tampoco de una cierta crueldad en este caso, aunque acertar en vuelo a uno de ellos resulta tarea prácticamente imposible. Desde entonces estas aves me apasionan y celebro su puntual regreso cada primavera, procedentes de la lejana África subsahariana donde pasan el resto del año, como si de ilustres turistas se tratase que vienen a visitarnos para estivar en nuestros dominios y nos abandonan a las primeras de cambio.
A menudo me pregunto en qué momento se pierde esa inocencia tan propia de la infancia. También aquí la memoria es selectiva y aún recuerdo cuando un mozalbete de mayor edad me invitó a acompañarle hasta Mataelcanto para ver el nido de cierto pájaro. Y para engatusarme me aseguró que se trataba de un nido de enormes dimensiones. Con tal argumento no le costó convencerme para que le acompañase hasta dicho lugar, que en aquella tierna edad se me antojaba tan distante como cualquier lejano pueblo. Pero yo me veía ya metido dentro de un nido “más grande que el de la cigüeña”, con lo que el camino se me hizo cortísimo. Y llegados allí, ante el árbol que sostenía el nido, descubrí con gran decepción, que en realidad estaba formado por cuatro palos mal puestos, ya que que se trataba del minúsculo nido de una paloma torcaz… y para colmo estaba vacío. Para mi aquello no tenía sentido, pero era el pistoletazo de salida, había empezado a descubrir de manos ajenas lo que era una mentira y recuerdo mi perplejidad ante el, a mi juicio, sinsentido de la misma. Mientras, las risas y el jolgorio de mi compañero incidental no hacían sino aumentar mi desconcierto.
Pero volviendo a los vencejos, éstos vuelven a ser protagonistas en otro capítulo de mi infancia en el que también participaban algunos "chiguitos" de los mayores del pueblo, que ya habían superado esa fase de pueril inocencia en la que yo aún me encontraba. Uno no sabe muy bien con que objetivo, pero habían pergeñado un rudimentario sistema con el que “pescaban” vencejos al vuelo. Y digo bien “pescar”, pues se trataba de subir a las troneras de la torre de la iglesia, que por aquel entonces estaba totalmente accesible para nosotros, para colocar allí una caña orientada hacia el vacío exterior, con su sedal y su anzuelo incluido, pero cebada, en vez de con algún suculento animalejo, con un ligero trozo de lana de oveja, de manera que extendida al viento flotase como si de una pelusa cualquiera se tratara. Atraídos por tan sugerente reclamo, los vencejos enseguida acudían compitiendo entre sí por conseguir el preciado tesoro que emplearían en la construcción de su nido y no tardaba mucho en caer el infortunado vencedor de tan macabra competición. Aún no me explico para qué cazaban a los vencejos si no es por la envidia de su vuelo o el simple morbo de desplomar un ser inalcanzable, pero a mí me permitió por vez primera apreciar de cerca una de estas enigmáticas aves.
También a veces me planteo en qué momento de nuestras vidas muchos de mis congéneres pierden esa curiosidad y fascinación que todo niño muestra por los fenómenos naturales y más en concreto esa atracción hacia los animales. En qué momento comienza la indiferencia, y en no pocos casos incluso el odio y la crueldad, hacia esos compañeros de viaje que tanto apreciamos en nuestra más tierna infancia. Y me vienen de nuevo a la memoria los vencejos, esos que fascinaban a los más pequeños, los mismos a los que los "chiguitos" preadolescentes pescaban sádicamente y ahora, ya convertidos en adultos, ignoran e incluso desprecian cuando se realizan unas obras de reparación en el tejado de los edificios, desnidando pollos de unas aves que no sólo alegran nuestros pueblos sino que nos libran de miles de moscas, mosquitos y otros insectos perjudiciales.
¡Qué ingratos somos los humanos!. Hemos dejado de mirar a los cielos, corren tiempos en los que ya ni siquiera los labradores están pendientes de las alturas, como hasta no hace mucho ocurría, más atentos ahora de recibir la subvención de turno o confiados en la alta rentabilidad productiva que aseguran las pestes químicas que se añaden a nuestros campos. Y es que la calidad de vida no debería medirse sólo por los avances tecnológicos o por el producto interior bruto. ¿Realmente es este el mundo que queremos para nuestros hijos? ¿Un mundo sin pájaros, de alimentos sintéticos y de paisajes muertos y uniformes? Yo al menos no, y espero que a pesar de todo los vencejos sigan acudiendo puntuales cada primavera a su cita en Villapún para poner la banda sonora del buen tiempo. Y confieso, como ya hiciera el añorado Félix Rodríguez de la Fuente, que "no me importaría nada marcharme, dentro de unos años, con el último vencejo, a dormir también volando allá arriba, a mil quinientos metros de altura, a donde es posible que no lleguen los ruidos, ni la contaminación, ni las preocupaciones, ni las injusticias de los hombres".
Uno de los primeros recuerdos que aún conservo en mi memoria son los atardeceres de la primavera avanzada, allá por los meses de mayo y junio, aquellas tardes interminables de sol y buen tiempo. Me veo en la parte trasera de mi casa, junto a la Huerta, el día ya casi vencido, mientras el sol se hunde poco a poco en la línea del horizonte, creando un escenario fantástico de luminosidad anaranjada al que sólo le falta una banda sonora adecuada para convertirse en un espectáculo natural difícil de olvidar. Y la tiene: la banda sonora de la primavera y el verano en Villapún la ponen esas aves oscuras de alas falciformes que desde hace unas semanas llenan nuestros cielos. Son los vencejos, que precisamente al atardecer rasgan el aire en grupos numerosos formando un carrusel viviente de gritos en veloz persecución. Me veo allí, fascinado por la algarabía de estas enigmáticas aves, envidiándolas e imaginando a qué extraño juego de pillar se estarán entregando.
Allí estoy, con un "tirapiedras" entre las manos intentando derribar alguno de estos intrépidos kamikazes, con esa curiosidad propia de la infancia, no exenta de ingenuidad y, por qué no decirlo, tampoco de una cierta crueldad en este caso, aunque acertar en vuelo a uno de ellos resulta tarea prácticamente imposible. Desde entonces estas aves me apasionan y celebro su puntual regreso cada primavera, procedentes de la lejana África subsahariana donde pasan el resto del año, como si de ilustres turistas se tratase que vienen a visitarnos para estivar en nuestros dominios y nos abandonan a las primeras de cambio.
A menudo me pregunto en qué momento se pierde esa inocencia tan propia de la infancia. También aquí la memoria es selectiva y aún recuerdo cuando un mozalbete de mayor edad me invitó a acompañarle hasta Mataelcanto para ver el nido de cierto pájaro. Y para engatusarme me aseguró que se trataba de un nido de enormes dimensiones. Con tal argumento no le costó convencerme para que le acompañase hasta dicho lugar, que en aquella tierna edad se me antojaba tan distante como cualquier lejano pueblo. Pero yo me veía ya metido dentro de un nido “más grande que el de la cigüeña”, con lo que el camino se me hizo cortísimo. Y llegados allí, ante el árbol que sostenía el nido, descubrí con gran decepción, que en realidad estaba formado por cuatro palos mal puestos, ya que que se trataba del minúsculo nido de una paloma torcaz… y para colmo estaba vacío. Para mi aquello no tenía sentido, pero era el pistoletazo de salida, había empezado a descubrir de manos ajenas lo que era una mentira y recuerdo mi perplejidad ante el, a mi juicio, sinsentido de la misma. Mientras, las risas y el jolgorio de mi compañero incidental no hacían sino aumentar mi desconcierto.
Pero volviendo a los vencejos, éstos vuelven a ser protagonistas en otro capítulo de mi infancia en el que también participaban algunos "chiguitos" de los mayores del pueblo, que ya habían superado esa fase de pueril inocencia en la que yo aún me encontraba. Uno no sabe muy bien con que objetivo, pero habían pergeñado un rudimentario sistema con el que “pescaban” vencejos al vuelo. Y digo bien “pescar”, pues se trataba de subir a las troneras de la torre de la iglesia, que por aquel entonces estaba totalmente accesible para nosotros, para colocar allí una caña orientada hacia el vacío exterior, con su sedal y su anzuelo incluido, pero cebada, en vez de con algún suculento animalejo, con un ligero trozo de lana de oveja, de manera que extendida al viento flotase como si de una pelusa cualquiera se tratara. Atraídos por tan sugerente reclamo, los vencejos enseguida acudían compitiendo entre sí por conseguir el preciado tesoro que emplearían en la construcción de su nido y no tardaba mucho en caer el infortunado vencedor de tan macabra competición. Aún no me explico para qué cazaban a los vencejos si no es por la envidia de su vuelo o el simple morbo de desplomar un ser inalcanzable, pero a mí me permitió por vez primera apreciar de cerca una de estas enigmáticas aves.
También a veces me planteo en qué momento de nuestras vidas muchos de mis congéneres pierden esa curiosidad y fascinación que todo niño muestra por los fenómenos naturales y más en concreto esa atracción hacia los animales. En qué momento comienza la indiferencia, y en no pocos casos incluso el odio y la crueldad, hacia esos compañeros de viaje que tanto apreciamos en nuestra más tierna infancia. Y me vienen de nuevo a la memoria los vencejos, esos que fascinaban a los más pequeños, los mismos a los que los "chiguitos" preadolescentes pescaban sádicamente y ahora, ya convertidos en adultos, ignoran e incluso desprecian cuando se realizan unas obras de reparación en el tejado de los edificios, desnidando pollos de unas aves que no sólo alegran nuestros pueblos sino que nos libran de miles de moscas, mosquitos y otros insectos perjudiciales.
¡Qué ingratos somos los humanos!. Hemos dejado de mirar a los cielos, corren tiempos en los que ya ni siquiera los labradores están pendientes de las alturas, como hasta no hace mucho ocurría, más atentos ahora de recibir la subvención de turno o confiados en la alta rentabilidad productiva que aseguran las pestes químicas que se añaden a nuestros campos. Y es que la calidad de vida no debería medirse sólo por los avances tecnológicos o por el producto interior bruto. ¿Realmente es este el mundo que queremos para nuestros hijos? ¿Un mundo sin pájaros, de alimentos sintéticos y de paisajes muertos y uniformes? Yo al menos no, y espero que a pesar de todo los vencejos sigan acudiendo puntuales cada primavera a su cita en Villapún para poner la banda sonora del buen tiempo. Y confieso, como ya hiciera el añorado Félix Rodríguez de la Fuente, que "no me importaría nada marcharme, dentro de unos años, con el último vencejo, a dormir también volando allá arriba, a mil quinientos metros de altura, a donde es posible que no lleguen los ruidos, ni la contaminación, ni las preocupaciones, ni las injusticias de los hombres".
Roberto Rodríguez Martínez
Puede verse un video dedicado a los vencejos en el canal de Villapún en YouTube.
domingo, 8 de julio de 2012
viernes, 2 de marzo de 2012
Un recorrido por la Cañada
La Cañada Real Leonesa Oriental es una vía tradicional que conecta los pastos de invierno de las dehesas extremeñas con los de verano en las montañas leonesas a lo largo de un trayecto de unos 700 kilómetros que los ganados trashumantes recorrían dos veces al año. Esta cañada discurre por diversos pueblos de la provincia de Palencia, entre ellos por Villapún en la zona de La Cerra durante algo más de un kilómetro y medio.
Recientemente se ha publicado un libro con el título "Diario de un viaje trashumante" cuyo autor es Eduardo Saiz, naturalista que narra su experiencia al unirse a uno de estos ganados que actualmente tratan de recuperar la secular actividad de la trashumancia. El libro, a modo de diario de campo bellísimamente ilustrado, nos relata el día a día del trabajo ganadero, los saberes tradicionales y la extraordinaria belleza de los paisajes transitados. En él se describe el recorrido entre la capital palentina y el pueblo leonés de Portilla de la Reina en los pastos de las montañas de Riaño. Nos interesa particularmente el tramo entre Villambroz y Villota del Páramo, que discurre en parte, aunque no se nombra, por terrenos de Villapún, donde describe entre otras cosas los tradicionales corrales de ovejas construidos de adobe y piedras. Podéis ver la portada del libro así como varias imágenes del mismo.
Una lectura muy recomendable y una propuesta para recorrer a pie la Cañada de Villapún ahora que se acerca la primavera.
jueves, 26 de enero de 2012
"El hiladero"
Hubo un tiempo en el que llegado el invierno las familias y amigos se reunían al caer la noche en alguna casa para pasar el rato y hacer diversas labores cotidianas, como remendar la ropa, tejer, hacer cestos o escriños, escoscar legumbres y otros frutos, etc. Pero no todo era trabajo, pues también había tiempo para jugar a las cartas, relatar cuentos e historias, comentar chascarrillos, cantar coplas y romances, rezar el rosario o gastarle a alguien alguna broma. De esta manera se hacían más amenas y productivas estas veladas de las largas noches invernales a la luz del candil y al calor del fuego.
Agustina Tejerina nos cuenta sus recuerdos e impresiones personales de un tiempo que ahora nos parece perdido, pero que no debemos olvidar pues perdura aun en el corazón de quienes lo vivieron. Agradecemos su generosidad por compartir sus vivencias de aquella época en la que el "hiladero" constituía el núcleo de las relaciones sociales de los pueblos durante la estación más fría del año.
Durante muchos años al llegar el invierno un grupo de amigos o familiares se reunían en una casa después de cenar, en lo que se llamaba “hiladero”. Nunca mejor dicho, porque durante la velada las mujeres se dedicaban a hilar la lana de sus ovejas que ellas mismas habían lavado y cardado; y después a darle a la rueca y al huso. Y cuando hacían un ovillo ya empezaban a tejer: calcetines, jerseys, bufandas, guantes… todo venía bien porque las familias eran bastante numerosas.
En casi todas las casas uno de la familia era pastor. Pues bien, éste también aprovechaba el hiladero para hacer o remendar su indumentaria, compuesta por las bragas, la zamarra, las angorras y el zurrón, todo ello hecho con las pieles de las ovejas, lo cual no sería muy cómodo de llevar, pero sí muy resistente al frío y la humedad; y en realidad es de lo que se trataba, porque el invierno era muy largo y muy duro y el pastor estaba todo el día a la intemperie, con frío, lluvia o nieve, desde el amanecer que soltaba las ovejas hasta el anochecer que las recogía en el corral, todo el día aguantando las inclemencias del tiempo.
En el hiladero otros pasaban el rato haciendo escriños o cosiendo zapatos hasta que la vista ya se cansaba, porque la luz era escasa, tanto que a veces había que encender el candil de aceite para iluminar un poco más la cocina.
También había un rato para jugar a las cartas, los mayores a la brisca. Y los chicos, primero teníamos que hacer las cuentas de multiplicar o dividir, y después también jugábamos, al repelús, a la raposa o al cinquillo, o bien haciendo cuentos o adivinanzas.
A la juventud de hoy les parecerá raro que así nos pudiéramos divertir, pero, la verdad, otra cosa no habíamos visto, porque en todo el pueblo sólo había tres o cuatro aparatos de radio, uno en casa del cura y los otros repartidos en alguna que otra casa, y a veces ni se oían por falta de luz y los enchufes hacían un ruido como si pasaba una tormenta.
Hoy todo ha cambiado. Vivimos en la época del despilfarro, de gastar lo que yo quiero y en lo que se me antoja: que este ordenador se ha pasado de moda, pues que me compren otro; que la bicicleta se queda pequeña y el coche corre poco, que me compren otro… Y así sucesivamente, nunca llegamos al tope, porque la técnica va cambiando y sacando al mercado cosas nuevas y tan bonitas que ¿quién se resiste?.
Aún careciendo de todas las cosas modernas que hoy existen, sin duda alguna para mejor, nosotros tenemos un buen recuerdo de la niñez. Sentados encima de la trébede, que estaba bien calentita con el calor que subía de la hornacha, donde las madres cocían el puchero de garbanzos con carne de oveja, chorizo, tocino y el relleno hecho con el huevo de la gallina que andaba cacareando por el corral.
El “domingo gordo”, que es el anterior al miércoles de ceniza, se hacía una cena todos juntos. Nunca faltaban las orejuelas, que las madres hacían con tanta ilusión y nosotros comíamos hasta vaciar la cesta.
Y así, con alegría y buenos recuerdos, despedíamos el hiladero hasta el próximo invierno.
Agustina Tejerina
Durante muchos años al llegar el invierno un grupo de amigos o familiares se reunían en una casa después de cenar, en lo que se llamaba “hiladero”. Nunca mejor dicho, porque durante la velada las mujeres se dedicaban a hilar la lana de sus ovejas que ellas mismas habían lavado y cardado; y después a darle a la rueca y al huso. Y cuando hacían un ovillo ya empezaban a tejer: calcetines, jerseys, bufandas, guantes… todo venía bien porque las familias eran bastante numerosas.
En casi todas las casas uno de la familia era pastor. Pues bien, éste también aprovechaba el hiladero para hacer o remendar su indumentaria, compuesta por las bragas, la zamarra, las angorras y el zurrón, todo ello hecho con las pieles de las ovejas, lo cual no sería muy cómodo de llevar, pero sí muy resistente al frío y la humedad; y en realidad es de lo que se trataba, porque el invierno era muy largo y muy duro y el pastor estaba todo el día a la intemperie, con frío, lluvia o nieve, desde el amanecer que soltaba las ovejas hasta el anochecer que las recogía en el corral, todo el día aguantando las inclemencias del tiempo.
En el hiladero otros pasaban el rato haciendo escriños o cosiendo zapatos hasta que la vista ya se cansaba, porque la luz era escasa, tanto que a veces había que encender el candil de aceite para iluminar un poco más la cocina.
También había un rato para jugar a las cartas, los mayores a la brisca. Y los chicos, primero teníamos que hacer las cuentas de multiplicar o dividir, y después también jugábamos, al repelús, a la raposa o al cinquillo, o bien haciendo cuentos o adivinanzas.
A la juventud de hoy les parecerá raro que así nos pudiéramos divertir, pero, la verdad, otra cosa no habíamos visto, porque en todo el pueblo sólo había tres o cuatro aparatos de radio, uno en casa del cura y los otros repartidos en alguna que otra casa, y a veces ni se oían por falta de luz y los enchufes hacían un ruido como si pasaba una tormenta.
Hoy todo ha cambiado. Vivimos en la época del despilfarro, de gastar lo que yo quiero y en lo que se me antoja: que este ordenador se ha pasado de moda, pues que me compren otro; que la bicicleta se queda pequeña y el coche corre poco, que me compren otro… Y así sucesivamente, nunca llegamos al tope, porque la técnica va cambiando y sacando al mercado cosas nuevas y tan bonitas que ¿quién se resiste?.
Aún careciendo de todas las cosas modernas que hoy existen, sin duda alguna para mejor, nosotros tenemos un buen recuerdo de la niñez. Sentados encima de la trébede, que estaba bien calentita con el calor que subía de la hornacha, donde las madres cocían el puchero de garbanzos con carne de oveja, chorizo, tocino y el relleno hecho con el huevo de la gallina que andaba cacareando por el corral.
El “domingo gordo”, que es el anterior al miércoles de ceniza, se hacía una cena todos juntos. Nunca faltaban las orejuelas, que las madres hacían con tanta ilusión y nosotros comíamos hasta vaciar la cesta.
Y así, con alegría y buenos recuerdos, despedíamos el hiladero hasta el próximo invierno.
Agustina Tejerina
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Historias y despojos memoriales de la infancia
(Los animales domésticos)
Nos situamos en la vida de mediados de siglo pasado, saliendo de las miserias que acarrea una guerra (1936-39) “¡Esa sí que fue crisis y no la de ahora!”.
Fueron tiempos de escasez, obligados a hacer de todo en casa, por falta de posibles. Aprovechabamos la “cartilla de racionamiento”, el “estraperlo” y nos iluminábamos a la luz del candil.
En las casas de familia de aquellos pueblos, en años de mi niñez, los animales domésticos jugaban un papel importante: las vacas o las mulas (si las había), los cerdos, las gallinas, el burro, el perro carea, y hasta el gato. Y las ovejas también (aunque estaban en el corral, lejos de casa).
¿Cómo no ser importantes, si nos ofrecían ayuda en los trabajos, alimentos, posibles ganancias en las compraventas y muchas cosas más?
Con el tiempo y los muchos amaneceres fuimos saliendo de la tristeza de saber que todo se resumía en trabajar, dormir y comer lo poco que había, aunque cantábamos delante del carro de vacas camino adelante canciones de los "Tres Suramericanos"o Mari Trini. Nos reíamos con Gila y admirábamos a Picasso o al Cordobés.
Pero no olvidemos a los animales de casa. No les dejemos de lado. Cantemos hoy sus méritos y relaciones con nuestras vidas de entonces.
Ya de mañana, en la cocina, se despereza el gato que dormitó en la noche, cuidando que los ratones no se paseasen libremente por la casa, si bien debíamos tener a buen recaudo los torreznos y sardinas. Si sentía el hambre en su barriga, era capaz de subir a los tejados en busca de algún pájaro con el que saciar su necesidad.
El perro carea (siempre vi uno en casa) era el conductor y guardián del rebaño a las órdenes del pastor. Siempre fiel a la familia, era el anunciador de visitas con sus ladridos extraños. Nos acompañaba a cualquier sitio sin pedir jornal alguno, a lo sumo alguna caricia de reconocimiento.
En un rincón de la tenada estaban los gochos bien tranquilos, esperando la hora de que nuestra madre les sirviera las verduras, los boñigos con harina de centeno o las patatas cocidas y sobras de comida, cuando las había. No me extraña que nunca supiera su nombre pues no he visto animal que tantos tenga: cerdo, gorrino, cochino, puerco, guarro, chanco… y una docena más. Y si sus nombres son muchos no son menos los productos que nos regala este animal: cabeza, cinta de lomo, costillar, solomillos, tocino, jamones y carnes para chorizos, codillos, orejas y rabo ... Con verdad se dice que "del cerdo se aprovecha todo, hasta sus andares”.
Y llegaba el día de la “matanza”, allá por San Martín (11 de Noviembre), transcurridos unos 9 meses desde que fue comprado, y llegando a pesar de 16 a 20 “arrobas”. Con todo preparado, se sacrifica el animal muy de mañana. Así comienza un día frenético, con las más diversas faenas para limpiar y tener todo a punto hasta que las piezas quedan en salazón en la oscura bodega. A vecinos y familiares y a los que ayudaron en las faenas se les lleva un “aguinaldo” con algún producto del cerdo recién sacrificado, después de pasado el control veterinario. Después de un tiempo prudencial, se hacen los chorizos y morcillas y se cuelgan los jamones al humo de la lumbre familiar.
En mi mente están aquellas “moragas”, regadas con aceite, con ajo picado y pimentón, que una vez pasadas por la renegrida sartén, las comíamos acompañadas con pan y un trago de vino de pitarra del porrón. Y también recuerdo que no entendía las prohibiciones de consumir cerdo de judíos y musulmanes, ni tampoco de nosotros los cristianos en los viernes de todo el año. Para nosotros, se dulcificó la abstinencia de comer carne en la Edad Media con la bula papal y hoy se reduce al viernes de la semana Santa.
Muy de mañana mi padre pasaba por la cuadra para echar en el pesebre la primera comida a las vacas.
Si había faena en el campo, después de almorzar las uncía con el “hugo” y el carro de ruedas de hierro y caminando se iba hasta la tierra para darla una vuelta de arado antes de que llegasen las heladas. No creais que solo servían de ayuda al labrador en sus trabajos en las tierras de labor pue también proporcionaban leche, carne, pieles y becerros. Sin olvidar el abono de sus excrementos para fertilizar la tierra.
Ya para los hebreos, además del becerro de oro símbolo de la idolatría, José (hijo de Jacob) simbolizó la abundancia y la escasez con las 7 vacas gordas y la 7 flacas.
En nuestra cultura, el buey representó al Evangelista San Lucas y aparece en las postales junto a una mula en el Portal de Belén dando calor al Niño Dios.
Y no digamos de los hindúes, que respetan y veneran a las vacas como la encarnación de todos los dioses. Por eso ni las matan (sería matar a un brahmán) ni comen su carne.
Se oye al burro que con su habitual terquedad y semblante de resignación pide hierba verde para el almuerzo o que le demos libertad y soltura para buscarse su sustento. No sabe que hoy le espera una jornada con las alforjas en su lomo para ir a acarrear sacos de hierba desde el cercano prado de “Vallejuelo” hasta al pajar junto a la cuadra.
Aquel día por la mañana Daniel no había tocado el cuerno que indicaba la hora de la salida de la cabaña. Esa tarde todos mis amigos y yo no bajaríamos montados en los burros hasta “los charcos” jugando a antiguas batallas de caballería. No me explico por qué a los hombres torpes se les llama burros, si ellos tienen gran inteligencia.
Mientras tanto las gallinas de la casa ya han bajado de sus “acostaderos” y se disponen a que les derramen unos puñados de grano de trigo y cebada como alimento. A continuación salen por el “arbañal" del portal y pasean por los alrededores, por las eras y hasta los “molederos”, escarbando aquí y allá. Eso sí, nunca van solas, siguen los pasos del gallo que, altivo y arrogante como un capitán de tropa, va dando órdenes con sus sonoros "quiquiriquíes". Algunas han dejado su huevo diario y otras le pondrán en los “neales” al regreso. Cuando el nnúmero de “ponedoras” era pequeño (una gallina puede vivir 4 años, dejando de poner huevos algo antes) se apartaban unos 20 huevos de buena medida, esperando que alguna gallina tuviera signos de estar “clueca”. Una vez que sucedía, se la colocaban los huevos en un cesto de paja tapado con una criba en la cocina y cerca del fogón para que con su temperatura y la de la cocina “incubase” los huevos los 21 días reglamentarios hasta su eclosión y nacimiento de los polluelos. Los pollos y gallinas fueron en mi niñez básicos para nuestra alimentación. Voy a pasar hoy de “la gallina en pepitoria” o del “pollo al chilindrón”, pero soy incapaz de callar que fueron la solución para muchas bocas hambrientas a la hora de sentarnos a la mesa. Y tampoco olvido la venta de huevos los martes en Saldaña, para sacar algunas perrillas. Enfermos y parturientas se reconstituían con los caldos de gallina aportados por las vecinas en sus visitas de costumbre que nos enseñaron a hacer nuestros abuelos.
Seguro que estos pueblos nacieron a la vera de los ganados de ovejas. Todo nos hace pensar que en principio fueron tierra de nadie ocupadas por pastores. Siendo niño recuerdo que rara era la casa que no tenía una cabaña con un número variable de reses. Para cuidarlas se encargaba un miembro de la familia y si no era así se ajustaba a un pastor que estuviera libre y dispuesto a pasar el año cuidando el rebaño. Se decía “ajustar al pastor” porque debían estar de acuerdo en las fanegas de centeno, el número de ovejas y el dinero a pagar o recibir por todo un año (ya fuesen reales o pesetas, que eran ya moneda corriente), desde el 29 Junio, día de San Pedro, hasta el mismo día del año siguiente. El pastor con sus “bragos" o "zanjones”, sus “hangorras" o "polainas”, su “zamarra” y el “zurrón”, apoyado siempre en su "cachava", con la salida del sol dejaba el pueblo para estar con sus ovejas hasta el anochecer.
Conocía cada oveja, su edad (si era "primala", "borra" o "vieja") viendo sus dientes. Sabía esquilar, señalar las orejas, y también“rabonar” los corderos y si era o no “machorra”.
No conocí la antigua costumbre de que al pastor le acompañase el “corderero” ni el “borreguero”. Solo doy fe de apartar los “marones” en verano para cubrir las ovejas a su tiempo a fin de que nacieran los corderos en una quincena de días al iniciar la primavera. Ya en verano se vendían los corderos y por San Pedro se comenzaba un nuevo año.
Si en nuestro pueblo de mediados del siglo XX el labrador se merece un monumento, el pastor de siempre merece dos.
Fueron tiempos de escasez, obligados a hacer de todo en casa, por falta de posibles. Aprovechabamos la “cartilla de racionamiento”, el “estraperlo” y nos iluminábamos a la luz del candil.
En las casas de familia de aquellos pueblos, en años de mi niñez, los animales domésticos jugaban un papel importante: las vacas o las mulas (si las había), los cerdos, las gallinas, el burro, el perro carea, y hasta el gato. Y las ovejas también (aunque estaban en el corral, lejos de casa).
¿Cómo no ser importantes, si nos ofrecían ayuda en los trabajos, alimentos, posibles ganancias en las compraventas y muchas cosas más?
Con el tiempo y los muchos amaneceres fuimos saliendo de la tristeza de saber que todo se resumía en trabajar, dormir y comer lo poco que había, aunque cantábamos delante del carro de vacas camino adelante canciones de los "Tres Suramericanos"o Mari Trini. Nos reíamos con Gila y admirábamos a Picasso o al Cordobés.
Pero no olvidemos a los animales de casa. No les dejemos de lado. Cantemos hoy sus méritos y relaciones con nuestras vidas de entonces.
Ya de mañana, en la cocina, se despereza el gato que dormitó en la noche, cuidando que los ratones no se paseasen libremente por la casa, si bien debíamos tener a buen recaudo los torreznos y sardinas. Si sentía el hambre en su barriga, era capaz de subir a los tejados en busca de algún pájaro con el que saciar su necesidad.
El perro carea (siempre vi uno en casa) era el conductor y guardián del rebaño a las órdenes del pastor. Siempre fiel a la familia, era el anunciador de visitas con sus ladridos extraños. Nos acompañaba a cualquier sitio sin pedir jornal alguno, a lo sumo alguna caricia de reconocimiento.
En un rincón de la tenada estaban los gochos bien tranquilos, esperando la hora de que nuestra madre les sirviera las verduras, los boñigos con harina de centeno o las patatas cocidas y sobras de comida, cuando las había. No me extraña que nunca supiera su nombre pues no he visto animal que tantos tenga: cerdo, gorrino, cochino, puerco, guarro, chanco… y una docena más. Y si sus nombres son muchos no son menos los productos que nos regala este animal: cabeza, cinta de lomo, costillar, solomillos, tocino, jamones y carnes para chorizos, codillos, orejas y rabo ... Con verdad se dice que "del cerdo se aprovecha todo, hasta sus andares”.
Y llegaba el día de la “matanza”, allá por San Martín (11 de Noviembre), transcurridos unos 9 meses desde que fue comprado, y llegando a pesar de 16 a 20 “arrobas”. Con todo preparado, se sacrifica el animal muy de mañana. Así comienza un día frenético, con las más diversas faenas para limpiar y tener todo a punto hasta que las piezas quedan en salazón en la oscura bodega. A vecinos y familiares y a los que ayudaron en las faenas se les lleva un “aguinaldo” con algún producto del cerdo recién sacrificado, después de pasado el control veterinario. Después de un tiempo prudencial, se hacen los chorizos y morcillas y se cuelgan los jamones al humo de la lumbre familiar.
En mi mente están aquellas “moragas”, regadas con aceite, con ajo picado y pimentón, que una vez pasadas por la renegrida sartén, las comíamos acompañadas con pan y un trago de vino de pitarra del porrón. Y también recuerdo que no entendía las prohibiciones de consumir cerdo de judíos y musulmanes, ni tampoco de nosotros los cristianos en los viernes de todo el año. Para nosotros, se dulcificó la abstinencia de comer carne en la Edad Media con la bula papal y hoy se reduce al viernes de la semana Santa.
Muy de mañana mi padre pasaba por la cuadra para echar en el pesebre la primera comida a las vacas.
Si había faena en el campo, después de almorzar las uncía con el “hugo” y el carro de ruedas de hierro y caminando se iba hasta la tierra para darla una vuelta de arado antes de que llegasen las heladas. No creais que solo servían de ayuda al labrador en sus trabajos en las tierras de labor pue también proporcionaban leche, carne, pieles y becerros. Sin olvidar el abono de sus excrementos para fertilizar la tierra.
Ya para los hebreos, además del becerro de oro símbolo de la idolatría, José (hijo de Jacob) simbolizó la abundancia y la escasez con las 7 vacas gordas y la 7 flacas.
En nuestra cultura, el buey representó al Evangelista San Lucas y aparece en las postales junto a una mula en el Portal de Belén dando calor al Niño Dios.
Y no digamos de los hindúes, que respetan y veneran a las vacas como la encarnación de todos los dioses. Por eso ni las matan (sería matar a un brahmán) ni comen su carne.
Se oye al burro que con su habitual terquedad y semblante de resignación pide hierba verde para el almuerzo o que le demos libertad y soltura para buscarse su sustento. No sabe que hoy le espera una jornada con las alforjas en su lomo para ir a acarrear sacos de hierba desde el cercano prado de “Vallejuelo” hasta al pajar junto a la cuadra.
Aquel día por la mañana Daniel no había tocado el cuerno que indicaba la hora de la salida de la cabaña. Esa tarde todos mis amigos y yo no bajaríamos montados en los burros hasta “los charcos” jugando a antiguas batallas de caballería. No me explico por qué a los hombres torpes se les llama burros, si ellos tienen gran inteligencia.
Mientras tanto las gallinas de la casa ya han bajado de sus “acostaderos” y se disponen a que les derramen unos puñados de grano de trigo y cebada como alimento. A continuación salen por el “arbañal" del portal y pasean por los alrededores, por las eras y hasta los “molederos”, escarbando aquí y allá. Eso sí, nunca van solas, siguen los pasos del gallo que, altivo y arrogante como un capitán de tropa, va dando órdenes con sus sonoros "quiquiriquíes". Algunas han dejado su huevo diario y otras le pondrán en los “neales” al regreso. Cuando el nnúmero de “ponedoras” era pequeño (una gallina puede vivir 4 años, dejando de poner huevos algo antes) se apartaban unos 20 huevos de buena medida, esperando que alguna gallina tuviera signos de estar “clueca”. Una vez que sucedía, se la colocaban los huevos en un cesto de paja tapado con una criba en la cocina y cerca del fogón para que con su temperatura y la de la cocina “incubase” los huevos los 21 días reglamentarios hasta su eclosión y nacimiento de los polluelos. Los pollos y gallinas fueron en mi niñez básicos para nuestra alimentación. Voy a pasar hoy de “la gallina en pepitoria” o del “pollo al chilindrón”, pero soy incapaz de callar que fueron la solución para muchas bocas hambrientas a la hora de sentarnos a la mesa. Y tampoco olvido la venta de huevos los martes en Saldaña, para sacar algunas perrillas. Enfermos y parturientas se reconstituían con los caldos de gallina aportados por las vecinas en sus visitas de costumbre que nos enseñaron a hacer nuestros abuelos.
Seguro que estos pueblos nacieron a la vera de los ganados de ovejas. Todo nos hace pensar que en principio fueron tierra de nadie ocupadas por pastores. Siendo niño recuerdo que rara era la casa que no tenía una cabaña con un número variable de reses. Para cuidarlas se encargaba un miembro de la familia y si no era así se ajustaba a un pastor que estuviera libre y dispuesto a pasar el año cuidando el rebaño. Se decía “ajustar al pastor” porque debían estar de acuerdo en las fanegas de centeno, el número de ovejas y el dinero a pagar o recibir por todo un año (ya fuesen reales o pesetas, que eran ya moneda corriente), desde el 29 Junio, día de San Pedro, hasta el mismo día del año siguiente. El pastor con sus “bragos" o "zanjones”, sus “hangorras" o "polainas”, su “zamarra” y el “zurrón”, apoyado siempre en su "cachava", con la salida del sol dejaba el pueblo para estar con sus ovejas hasta el anochecer.
Conocía cada oveja, su edad (si era "primala", "borra" o "vieja") viendo sus dientes. Sabía esquilar, señalar las orejas, y también“rabonar” los corderos y si era o no “machorra”.
No conocí la antigua costumbre de que al pastor le acompañase el “corderero” ni el “borreguero”. Solo doy fe de apartar los “marones” en verano para cubrir las ovejas a su tiempo a fin de que nacieran los corderos en una quincena de días al iniciar la primavera. Ya en verano se vendían los corderos y por San Pedro se comenzaba un nuevo año.
Si en nuestro pueblo de mediados del siglo XX el labrador se merece un monumento, el pastor de siempre merece dos.
VOCABULARIO:
• Estraperlo: Comercio ilegal de los años 1940-50 .
• Matanza: Sacrificio del cerdo en el pueblo.
• 1 arroba: 11,5 kilos.
• 1 fanega: 43 kilos de trigo.
• Aguinaldo: Regalos entre familiares y amigos en épocas navideñas.
• Moragas: Primeras carnes rojas extraídas del cerdo.
• Hugo: Yugo para uncir las vacas para las faenas del campo.
• Vallejuelo: Pequeño valle. Término del pueblo de Villota del Páramo.
• Los Charcos: Zona de lagunas ocupada por agua estancada.
• Acostadero: Zona de descanso para que las gallinas descansen en un lugar elevado.
• Arbañal: Pequeño hueco por donde sale el agua del patio y a veces pequeños animales.
• Neal: Nido para que las gallinas puedan depositar sus huevos.
• Clueca (en otros lugares “choca”): Gallina dispuesta a incubar huevos y nazcan los pollitos.
• Ajustar: Trato para contratar un pastor o criado.
• Bragos (o zanjones): Piezas de la vestimenta que cubren el vientre y las pantorrillas del pastor.
• Hangorras (o polainas): Vestimenta para las pantorrillas hasta los pies.
• Zamarra: Especie de blusón de piel de oveja para los pastores.
• Cachava ( o cayado): Palo con un extremo redondeado para cogerlo con la mano.
• Primala: Oveja de 1 a 2 años.
• Borra: Oveja de 2 a 3 años.
• Vieja: Oveja que supera los 6 años.
• Rabonar: Cortar el rabo a los corderos.
• Machorra: Oveja estéril.
• Corderero: Joven aprendiz de pastor que solía cuidar de los corderos.
• Borreguero: Pastor que cuida los carneros y sementales.
Agustín de la Fuente
15 de diciembre de 2011
lunes, 26 de septiembre de 2011
Balada del hermano limosnero
En el convento de Montehano, bahía de Santoña, y en su cercanía no hay gorriones. Esta es la historia que canta esta “balada”:
I
En el convento de Montehano,
cuenta la historia, vivió un hermano
cuyos milagros narran aún,
fue Fray Melquiades de Villapún.
Fue conocido por sus bondades
este bendito de Fray Melquiades.
Y en el convento, tan servicial,
era sencillo y angelical.
Antes que el alba rayara el día,
al dulce grito de:_” Ave maría”,
él despertaba, buen despertar,
para que todos fueran a orar…
No escatimaba ningún servicio,
pero tenía por santo oficio
ser limosnero. Y diligente
cumplía el cargo ¡tan santamente!
Siempre vestido con su sayal
y a las espaldas breve morral,
por pueblo, aldea o caserío
iba descalzo, con sol o frío.
Por Dios bendito limosneando
iba pidiendo y al tiempo dando:
para los frailes pedía pan
y el frailecillo daba la paz.
II
Tiene el convento quietud profunda
y un bosquecillo que paz inunda
y una marisma que trae al mar
hasta los muros a golpear.
Altas gaviotas peinan los vientos,
giran, se alocan, casi por cientos,
y en la maleza del bosquecillo
hay toda clase de pajarillos:
Tordos, malvises y verderones,
mirlos, jilgueros… mas ¡no hay gorriones!
Jamás se ha visto, y ya es portento,
pardal alguno por el convento.
III
Cuenta la historia que el buen hermano,
santo Melquiades, rosario en mano,
fardel al hombro, volvía un día
de la limosna. Trigo traía.
Cuando llegaba casi al convento
por la vereda ya, tan contento,
le rompió el saco y quiso el cielo
que todo el trigo cayera al suelo.
Una bandada, _¡voraz tropel!_
de gorrioncillos dio cuenta de él.
No quedó un grano por el sendero
y Fray Melquiades, el limosnero,
mirando al cielo, sencillo y grave,
dijo a la tropa de aquellas aves:
_” Porque comisteis todo mi trigo,
aves hermanas, yo no os maldigo.
Ancho es el cielo y el horizonte,
dejad la casa, dejad el monte,
y así, en el nombre de Dios, bribones,
no volváis nunca jamás, gorriones…”.
El capuchino, triste, calló
y la bandada se dispersó.
Cuentan archivos conventuales
que desde entonces ya no hay pardales.
Y cuando al alba cantan las aves
falta al conjunto las notas graves,
pues al variado, lindo concierto
no van gorriones… ¡Y esto es lo cierto!
Fermín de Mieza
Relato publicado en el libro "ENCENDIDA BELLEZA", editado en diciembre de 1984.
Puede verse una imagen de Fray Melquiades en la sección "Villapuneses" y más información sobre este fraile en otra entrada de este blog.
Fray Melquiades de Villapún, un Capuchino con fama de santo
El convento Capuchino de Montehano se encuentra en el municipio cántabro de Escalante, cerca de las marismas de Santoña. El edificio, declarado Monumento Nacional, se ubica en un lugar privilegiado rodeado de chopos, pinos y encinas y la calma y el silencio envuelven al viajero que se acerca a sus muros en una sensación de paz sólo posible en un lugar como este.
Al visitante que accede a su interior lo primero que le llama la atención es un viejo cuadro colgado en el recibidor y que representa a un barbudo fraile de aspecto venerable y bonachón. Al preguntar de quien se trata los amables Capuchinos indicarán que es Fray Melquiades de Villapún, de quien aún en el convento se guardan entrañables recuerdos a pesar de los más de tres cuartos de siglo pasados desde su muerte. Pero ¿quién fue este Fray Melquiades y por qué lleva el sobrenombre de nuestro pueblo?Durante toda su vida destacó por su bondad y entrega a los demás y fue labrándose una cierta fama de santo. Era uno de los llamados "frailes limosneros", es decir que salían del convento para ir a pedir y predicar por el mundo. Son numerosas las anécdotas e historias que se cuentan de él, como cuando venía descalzo pidiendo por la Vega de Saldaña y a la altura de San Martín del Obispo se encontró con un hortelano que trabajaba en la huerta y al pedirle limosna, el labrador, que no debía ser muy devoto, levantando la azada le contestó: “una de éstas os daba yo a vosotros”; la inesperada respuesta de Fray Melquiades fue que “una azada le vendría muy bien para poder labrar en el convento y que le estaría muy agradecido”. Ante estas palabras el hortelano se apiadó de él y no tuvo más remedio que concederle la limosna solicitada.
La historia más difundida tiene que ver con la ausencia de gorriones en el convento de Montehano y fue glosada con el título de “balada del hermano limosnero” por el padre Fermín de Mieza en su libro “Encendida belleza”, publicado en 1.984 y posteriormente reproducida en la revista religiosa “El Santo”. Podéis leer esta curiosa historia, entre la leyenda y la realidad, en otra entrada de “crónicas de un pueblo”. También puede verse una fotografía de Fray Melquiades en la sección “Villapuneses” de la página web www.villapún.es.
Fray Melquiades murió el 11 de septiembre de 1.925 a los 64 años de edad y 36 de religioso Capuchino. Fue enterrado en el jardín del
Queremos agradecer desde aquí a Agustina Tejerina las fotografías e información facilitadas para la elaboración de esta entrada.
domingo, 26 de junio de 2011
Aquellas fiestas del pueblo
Se acercan las fiestas del pueblo que con tanta ilusión esperamos año tras año, antes niños, luego jóvenes y ahora mayorcitos pero no por eso hemos perdido la ilusión. Todavía nos marcamos alguna jota o algún pasodoble que nos hacen volver la vista atrás cuando el baile se celebraba en la era con una orquesta compuesta por acordeón, chiflita, bombo y platillos. Aguantábamos la respiración para sentir más dentro la música. Por San Pelayo todas estrenábamos vestido nuevo y zapatos nuevos. Por cierto, los zapatos solían hacernos daño pero nosotras aguantábamos el dolor sin dejar de bailar. Algunas costumbres siguen igual que antes como la misa del primer día dedicada a San Pelayo y la del segundo día a los fíeles difuntos de la parroquia. Hace años el presidente del pueblo tenía la obligación de ir con traje, camisa blanca y corbata, y terminaba el complemento con el bastón reluciente con borlas de hilo de seda. A la salida de misa estaban los músicos esperando a las autoridades y tocaban una pieza. Luego seguían tocando hasta la casa del presidente y todo el pueblo acompañaba. Esta costumbre hace años que se perdió. El segundo día de fiesta, de mañana, los músicos con los mozos del pueblo salían a dar la diana o pasacalles que se llama ahora. Iban por las calles y paraban en cada casa tocando una canción y los mozos entraban dentro con una bandeja para pedir la propina que serviría para pagar, entre todos, a los músicos. La hora de la comida era muy importante. Entonces no se comían langostinos ni cigalas. Se comía el "gallo" que se criaba lustroso en el corral comiendo trigo a placer. Otro manjar era el cordero que se había criado en el campo comiendo la hierba en El Quiñón o en Villarrilda. Las madres le asaban en el horno de leña donde entonces cocían el pan y para estos días hacían unos sequillos de manteca que estaban deliciosos El único juego que había era el de la "ballesta". Consistía en un tablero con unas tabillas boca arriba. La ballesta disparaba el perdigón y si caía la tablilla habían conseguido un premio que consistía en unas pocas almendras. Así iban pasando las fiestas; con alegría y a la vez con pena pues éramos conscientes de que hasta el próximo año no volvía a llegar San Pelayo. ¡FELICES FIESTAS PARA TODOS!
Asociación de Mujeres de Villapún
Relato publicado en el programa de fiestas de San Pelayo 2011
lunes, 26 de julio de 2010
Lenguaje
Hemos recibido el visto bueno de XLSemanal y Juan Manuel de Prada para poder reproducir un artículo de este escritor publicado recientemente en el citado dominical. Se trata de un interesante relato sobre el valor del lenguaje tradicional y de la relación del hombre rural con el medio que le rodea, muy en la línea de la filosofía y los contenidos que ofrecemos desde nuestra web. Desde aquí agradecemos al escritor y a los responsables del semanario por su amabilidad al permitirnos reproducir el siguiente artículo.En un pasaje singularmente bello del Génesis, Yavé trae ante Adán todas las bestias del campo y las aves del cielo para que las nombre según su gusto; y Adán las nombra, una a una, mientras desfilan ante él, como poseído por una inspiración vertiginosa, plenamente divina, con palabras recién estrenadas que brotan de sus labios como la abundancia brota de una cornucopia, palabras ignotas y refulgentes que al propio Adán causarían pasmo y perplejidad, puesto que nunca antes las había escuchado, puesto que nunca antes nadie las había pronunciado, palabras como primicias que bautizaban la belleza matinal del mundo con esa prontitud intuitiva que tienen las palabras para abalanzarse sobre las cosas, como el guepardo se abalanza sobre la gacela. Esta misma impresión de pasmo y perplejidad era la que me asaltaba de niño cuando, de la mano de mi abuelo, salía al campo y lo escuchaba nombrar el mundo circunstante: cuando nos tumbábamos a la sombra de un árbol, mi abuelo lo llamaba por su nombre –encina, roble, olmo, abedul, chopo, arce–; cuando un pájaro revoloteaba en la fronda, mi abuelo lo llamaba por su nombre –grajo, abubilla, ruiseñor, estornino, jilguero, gorrión–; cuando nos inclinábamos sobre el suelo para recolectar las plantas medicinales que empleaba en sus tisanas, mi abuelo las llamaba por su nombre –árnica, malva, milenrrama, poleo, ruibarbo, brezo–; y lo que hasta ese momento era tan sólo una planta, un pájaro o un árbol, al conjuro de las palabras de mi abuelo, adquiría el fulgor inextinguible de los tesoros de las mitologías, la palpitación de la vida recién creada, el temblor cálido y diminuto de los milagros. Mi abuelo no era un hombre letrado; no era, desde luego, ornitólogo ni botánico, no acumulaba erudiciones enciclopédicas, ni siquiera había completado la instrucción primaria, allá en la escuela de su pueblo, de la que sus padres lo habían sacado antes de cumplir los catorce años, para que los ayudase a subvenir las necesidades familiares. Mi abuelo era lo que la banalidad contemporánea designaría como un «hombre inculto» (lo cual podría servirnos para constatar que nuestra época llama «cultura» a una coraza de conocimientos artificiosos, impostados y deleznables, que no nacen de la propia vida); pero era depositario de un meollo de sabidurías ancestrales que había heredado de sus mayores, y entre esas sabidurías que conformaban su genealogía se contaba –como un río subterráneo y dulcísimo que las refrescase– el genio del lenguaje, acertando a nombrar la belleza matinal del mundo, derramándose como una cornucopia sobre el pájaro que sobrevolaba nuestras cabezas, sobre el árbol que nos brindaba su sombra, sobre la planta que nos teñía las manos de un aroma campesino e indeleble.
Constantemente nos referimos, con pesadumbre y congoja, a esa gangrena que llamamos «empobrecimiento del lenguaje»; y es que, en efecto, cada vez hablamos con menos palabras, cada vez tenemos más dificultad para nombrar la belleza matinal del mundo. No reparamos, sin embargo, en que este empobrecimiento del lenguaje discurre paralelo a nuestro divorcio de esa belleza que hemos ido expulsando de nuestras vidas desarraigadas; y a una vida sin raíz no le queda otro remedio sino agostarse, angostarse y perecer. Mi abuelo, como el Adán del Génesis, tenía palabras para designar a las bestias del campo y a las aves del cielo porque las bestias del campo y las aves del cielo eran sustancia de su propia vida, realidad encarnada en su vida; y el lenguaje, que es una herramienta humana, se nutre sin embargo de un fondo ancestral de comunicación directa –comunión– con la naturaleza. Cuando ese fondo se reseca, el lenguaje se amustia, empalidece y jibariza, porque por sus tejidos deja de fluir la savia que lo vivifica, porque ha dejado de ser genesiaco; y así termina por enmudecer. O, en todo caso, en las boqueadas de la agonía, se aferra a las jergas tecnológicas, como la planta de invernadero se aferra al calor embalsado de su cárcel, cuando le falta el calor primigenio del sol; y se convierte en `lenguaje técnico´ que ha dejado de nombrar la belleza matinal del mundo para quedar atrapado en una telaraña de artificios que, cuanto más prodigiosos parecen, más nos enmarañan y asfixian. A la postre, a ese lenguaje enjaulado en la cárcel tecnológica le ocurre como a las fresas cultivadas en uno de esos túneles de plástico que impone la `agricultura intensiva´: que se hincha y engorda pero tiene el sabor insípido de la borra. Ha renegado de su inspiración originaria, ha dejado de bautizar la belleza matinal del mundo, y ya no le resta sino languidecer, huérfano de fulgor, de palpitación, huérfano del cálido y diminuto temblor del milagro.
Juan Manuel de Prada
Artículo publicado originalmente en el suplemento XLSemanal del 6 de Junio de 2010.
sábado, 26 de junio de 2010
La mujer en el pasado de nuestra sociedad popular
Demos hoy un paso de tuerca hacia atrás en el tiempo, de forma que nos sitúe a mediados del siglo pasado. La verdad es que, la situación social de los habitantes de aquella época era bien otra, dadas las circunstancias. La mujer ejercía un papel importantísimo, como siempre ha sido. Pero en condiciones bien distintas a las que hoy tienen en nuestra sociedad.
La mujer, ya desde niña, se la consideraba como tal: no iría a estudiar, se prepararía para resolver los problemas familiares, se encargaría de la limpieza de la casa, aprendería al lado de su madre o abuela las recetas culinarias de los platos tradicionales, hará practicas para elaborar el pan en la hornera familiar dos o tres veces al mes, dominará las artes de conservar los alimentos, de quitar las manchas de la ropa y conocerá los remedios caseros de las enfermedades corrientes (catarros, insolaciones, dolor de tripas y de cabeza, torceduras de tobillos, gripe, sarampión, sabañones, etc. etc.), ha de saber las buenas costumbres de urbanidad para inculcárselas a sus hijos, y tendrá los conocimientos necesarios para ayudar en la preparación de las lecciones escolares y del aprendizaje del catecismo.
Y eso, que acarreaba desde tiempos ancestrales su papel de segundo orden comparándola con el del mundo masculino. Si nos fijamos un poco en la historia del pensamiento humano, veremos que los filósofos (Arístoteles incluido) y los padres y moralistas de la Iglesia han dado a la mujer una imagen peyorativa que aún se puede ver en el refranero y se generalizó en los tópicos de la "sabiduría popular": "La mujer honrada, la pierna quebrada y en casa".
No he de recordar que: "refrán es una sentencia y no dicho por cualquiera, más de persona de ciencia, sacada de la experiencia por muy cierta y verdadera. Los refranes al grosero le hacen sabio y artero y aunque parecen consejas, no hay refrán, aunque de viejas, que no sea verdadero".
Platon llegó a decir de las diferencias entre la mujer y el hombre: “no hay diferencias. Sino que aquella es más débil, y éste más fuerte". Por eso las mujeres podrán y deberán participar en los trabajos de la República y "sólo se tendrá en cuenta la debilidad de su sexo, al asignarles cargas más ligeras que a los hombres".
Hasta mediados del siglo XX la mujer campesina soportó las tareas familiares ya mencionadas. Y también la ayuda a su marido en los trabajos agrícolas, en especial en épocas de recolección. Cuando faltaba el marido, por cualquier circunstancia, ella se encargaban de otras tareas propias del campesino y le suplantaba en la siembra, en el cuidado de los ganados, escabando, labrando la tierra con las vacas, etc.
Ha sido para mí un misterio como eran capaces las mujeres de entonces de desarrollar tanta labor. Parecía que nunca se cansaban. Pero, el marido era el que mandaba. Para eso, la ley le consideraba el cabeza de familia, con sus derechos y obligaciones. Y no digamos nada si damos un repaso a la Biblia. Eva se llevó todo la responsabilidad del pecado original. Recordemos de nuevo el refranero: "en casa del vil, la mujer es el alguacil". Y también se decía: "adonde la cosa anda derecha, como ha de ser, la mujer no se desmanda y el marido es el que manda y de ella es obedecer..."
En los tiempos que hoy vivimos, nos es difícil comprender que en 1930 las mujeres de nuestros pueblos también se iban Saldaña, junto a los agosteros, el día de San Pedro a ajustarse de criadas para las faenas del campo en casa de los ricos. ¡Y bien que que se apreciaba su trabajo de agosteras!. ¡Y buena soldada les daban por ello al finalizar el contrato allá por San Miguel!.
Las mujeres que quedaban en casa madrugaban para acompañar al marido a acarrear la mies hasta la era y con gran esfuerzo subir la mies a lo alto del carro donde el hombre lo colocaría para transportarlo antes que el calor se hiciera sentir. Y así, día tras día, preparar trilla y comida para todos.
No quiero recordar como preparaba en su hornera el pan de cada día que ya se había acabado en la casa. ¡Qué conocimientos!, ¡qué cariño!, ¡qué dedicación! y !qué calores para calentar el horno y cocer luego los panes y las tortas!.
Ni tampoco quiero recordar como transportaba en los "valdes" la ropa sucia para lavarla y tenderla al sol sin mirar que tiempo hacía. Hubo veces de tener que partir los hielos del agua de las "presas" para poder jabonar y lavar.
Y todo ello lo hacían nuestras madres y abuelas de aquel tiempo.
¿Cómo se lo hemos pagado? ¿O aún seguimos creyendo que una simple cucaracha es capaz de hacer huir a cien mujeres al instante?.
Al menos sirvan estas notas, pocas y mal contadas, para recordar la importante tarea realizada por las mujeres de "antaño".
Agustín de la Fuente Maldonado
viernes, 12 de marzo de 2010
Castilla llora
Y qué decir de su amplia obra literaria, en todos sus libros se encuentran historias únicas y personajes con vida propia, todo ello descrito en un castellano nítido y a la vez riquísimo, con palabras y expresiones auténticas del lenguaje de nuestros pueblos. De sus novelas, aunque todas son recomendables, quisiera destacar una: “El Camino”, obra de fácil lectura y que debiera ser texto obligatorio en todos los centros escolares. Muchos de los que hemos vivido en un pueblo nos vemos reflejados en alguno de los personajes y en la historia que se cuenta. Si no lo habéis leído hacedlo, es el mejor homenaje que puede hacerse a su autor.
“Las calles, la plaza y los edificios no hacían un pueblo, ni tan siquiera le daban fisonomía. A un pueblo le hacían sus hombres y su historia. Y Daniel el Mochuelo sabía que por aquellas calles cubiertas de pastosas boñigas y por las casas que las flanqueaban pasaron hombres honorables, que hoy eran sombras, pero que dieron al pueblo y al valle un sentido, una armonía, unas costumbres, un ritmo, un modo propio y peculiar de vivir”
Miguel Delibes, "El Camino"
Castilla llora, pero la obra y los personajes delibeanos se quedan con nosotros, perdurarán en el tiempo como testigos de esa Castilla rural que ya no es. Descanse en paz.
Roberto Rodríguez Martínez
Castilla llora, pero la obra y los personajes delibeanos se quedan con nosotros, perdurarán en el tiempo como testigos de esa Castilla rural que ya no es. Descanse en paz.
Roberto Rodríguez Martínez
viernes, 14 de agosto de 2009
El disputado voto del señor Aníbal
Algunos habréis visto que durante este mes de agosto hemos estado por Villapún recabando opiniones sobre el cambio de nombres para las tres calles designadas con letras del abecedario y las dos plazas del pueblo. Pues bien, la propuesta ha sido acogida con gran interés y entusiasmo por parte de la mayoría de vecinos de Villapún con los que nos hemos encontrado y que nos han dedicado unos minutos para participar en la misma. Es más, muchos nos han felicitado y animado para que la iniciativa salga adelante, lo cual es de agradecer y nos motiva para seguir con el proyecto.
Es de destacar el alto índice de participación tanto por parte de los villapuneses residentes como de los veraneantes. Sin embargo, ha habido uno que hasta ahora se nos ha resistido a dar su opinión por más que le hemos insistido para que participe. Y cada vez que nos encontramos con él, la misma cantinela:
Es de destacar el alto índice de participación tanto por parte de los villapuneses residentes como de los veraneantes. Sin embargo, ha habido uno que hasta ahora se nos ha resistido a dar su opinión por más que le hemos insistido para que participe. Y cada vez que nos encontramos con él, la misma cantinela:
-“Aníbal, ¿ya sabes lo que vas a votar?.”
-“A mí no me preguntes nada de eso, yo no voto nunca.”
-Pero si no tienes que votar, sólo decir que nombre te gusta más para la calle de la A.”
-“Que yo no trabajo en eso, lo que queráis.”
Y a uno le parece estar viviendo la historia relatada por Miguel Delibes en la novela “El disputado voto del señor Cayo”, en la cual dos militantes de signo político contrario coinciden durante la campaña electoral de unas elecciones en un pequeño pueblo castellano en el que sólo quedan dos habitantes (y están reñidos), de manera que se produce una intensa pugna por parte de los dos políticos para decantar el voto del señor Cayo hacia uno u otro bando. Pero el señor Cayo, interesado en asuntos menos prosaicos, no da su brazo a torcer.
De manera parecida abordamos a Aníbal, intentando tocar su fibra sensible:
-“Pero, ¿no prefieres que la calle de la A se llame mejor de Oncastellana, de la Mata Montera o Escuelas Viejas?”.
-“Y qué más me da, si yo voy a andar igual por ella…”
Bien pensado, no le falta nada de razón y la respuesta nos recuerda el pragmatismo del señor Cayo.
Y a lo más que hemos podido llegar después de mucho insistir es a un compromiso nada despreciable, dadas las circunstancias.
-“Bueno, pues si después de que voten todos hay empate a veintidos, pues entonces ya me preguntáis a mí.”
Así que, si al final en la encuesta tenemos empate técnico ya sabéis quién decidirá el resultado final.
viernes, 24 de julio de 2009
FROILÁN MALDONADO: futbolista profesional natural de Villapún
La afición al fútbol en Villapún, y en general en todos los pueblos de la zona, era mucho mayor hace unas décadas, al menos en lo que a la práctica de dicho deporte se refiere. La prueba es que raro era el pueblo que no contase con su campo de fútbol con porterías “reglamentarias” en el que chavales y mozos soñaban con emular a sus ídolos y se enfrentaban a los pueblos vecinos en partidos antológicos, especialmente el día de la fiesta. Habitualmente se apalabraba el partido contra algún pueblo de “renombre” de la zona, que acudía para luego devolver visita el día de su fiesta. Eran otros tiempos, hoy en día esos campos languidecen sin jóvenes ni niños que se acerquen a dar “cuatro patadas” a la pelota.
Froilán Maldonado, cuya imagen vistiendo la camiseta de su pueblo natal puede verse aún en el Teleclub, fue uno de los futbolistas que salió de la cantera de Villapún.
Froilán Maldonado Monje nació en Villapún el 2 de octubre de 1956, donde ya desde muy pequeño dio muestras de sus dotes futbolísticas. A buen seguro que el joven Froilán pasó muchas horas en la Era o en cualquier calleja del pueblo jugando con la pelota en compañía de otros mozalbetes del pueblo, entre ellos su hermano Nano, de quien dicen que tenía tan buenas cualidades técnicas como Froilán. Muy pronto su familia se trasladó a Burgos, donde pudo continuar su afición, formándose en las categorías inferiores del equipo de la ciudad, de donde pasó al Mirandés, por entonces en Segunda División B, en el que militó hasta marzo de 1981.
-En la temporada 1980-81 el Palencia C.F., que jugaba en la Segunda División A del fútbol español, pasaba una situación deportiva delicada y consiguió la cesión de Maldonado, como se le ha conocido profesionalmente, que debutó en el equipo el 22 de marzo de 1981 ante el Linares. Maldonado llegó junto con otro ilustre futbolista palentino, Mediavilla, procedentes ambos del Mirandés. En principio venían cedidos por 600.000 pesetas, pero a la postre se pagaron seis millones de pesetas por ambos, por entonces el fichaje más caro en la historia del club morado. Maldonado jugó como defensa central en 9 partidos de liga y a pesar de su buena labor no pudo evitar que su equipo descendiera ese año a Segunda B.
-En la temporada 1981-82 el Palencia C.F. queda encuadrado en el Grupo I de la Segunda División B. Maldonado jugó regularmente durante esa campaña ya que participó en 38 partidos de liga, marcando 2 goles (ante el Endesa de Andorra y el Erandio), y en dos de Copa. El éxito deportivo no se hizo esperar, quedando clasificado el Palencia en el segundo lugar de la tabla sólo superado por el Barcelona Atlético y logrando así de nuevo el ascenso a la categoría de plata del fútbol español. Sin embargo, en el terreno económico las cosas no se estaban haciendo bien en el club palentino, lo que a la postre provocaría la diáspora de Maldonado y otros compañeros. Como curiosidad, el 10 de abril del 82 tuvo lugar una huelga de futbolistas en la que no participaron ni Maldonado ni su compañero Chaparro al no tener ficha profesional por lo que jugaron con miembros del equipo filial.
-La temporada 1982-83 fue una de las más memorables para el club morado, con una plantilla con la que estuvo a muy poco de lograr el ascenso a primera División. Maldonado jugó 35 partidos de liga, logrando marcar un gol ante el Castellón, y 5 de Copa. En el terreno deportivo las cosas funcionaron bien, pero el Palencia adeudaba importantes sumas de dinero a los jugadores por lo que a mediados de octubre deciden encerrase en la sede del club, trascendiendo la noticia a nivel nacional. Finalmente no se logró el soñado ascenso a la categoría de oro, quedando a tan solo tres puntos y clasificándose el Palencia en quinta posición. Por si fuera poco, los problemas económicos llevaron al Palencia a desmantelar la plantilla y a su práctica desaparición. Los jugadores presentaron una demanda de rescisión de sus contratos por impago de las mensualidades ante la Magistratura de Trabajo, fallando a su favor.
-Por su parte Froilán, con 26 años de edad y en el momento más dulce de su carrera deportiva, consiguió la carta de libertad y llegó a un acuerdo para su fichaje por el R.C.D. Español de Barcelona, aunque otros equipos como Valladolid, Salamanca y Zaragoza también estuvieron interesados. La prensa catalana recogió la llegada del jugador Villapunés. El fichaje, en principio por una temporada, se prolongó a un total de tres, en las que Maldonado jugó en Primera División en aquel Español de N´Kono y Lauridsen:
-En la temporada 1983-84 jugó 27 partidos completos como titular, con un total de 2430 minutos en el campo y tres tarjetas amarillas recibidas, muy buenos datos para un defensa central. Su nombre aparece en los periódicos durante el arranque de la temporada, citando además su lugar de nacimiento en Villapún. Su primer partido fue ante el Sabadell y desde el principio manifestó su intención de trabajar duro para ser titular en el equipo. No obstante el inicio de temporada fue difícil para Maldonado, viendo desde la grada los primeros partidos hasta su primera convocatoria ante el Sevilla, aunque su debut en Primera División tuvo que esperar unas jornadas más. Poco a poco se fue haciendo un hueco, como se refleja en una entrevista de prensa publicada en el Mundo Deportivo. Maldonado se acopló rápidamente al equipo y en la séptima jornada del 16 de octubre de 1983 debutó como jugador de Primera ante el Mallorca, partido celebrado en el estadio de Sarriá. Desde entonces contó con la confianza del nuevo entrenador Javier Azkargorta, lo que le permitió su titularidad indiscutible, destacando por su regularidad. La prensa barcelonesa recogió el buen hacer del defensa palentino en su primera temporada como españolista, con muy buenas críticas en general. "Seriedad, discrección, seguridad..." fueron algunos de los apelativos con los que se calificaba por la época al "barbudo central" palentino. De nuevo la prensa apuntó hacia el defensa villapunés ante el derbi catalán frente al Barça en Sarriá. La temporada fue dura y Maldonado se lesionó en un partido amistoso ante su antiguo equipo el Mirandés, al romperse el ligamento interno de la rodilla derecha. Fue operado el 4 de mayo, lo que le mantuvo apartado del terreno de juego y le obligó a un largo período de recuperación, tras el cual el jugador hace balance. Tras los fichajes de cara a la siguiente temporada, es consciente de que debe ganarse de nuevo un hueco en el equipo titular. Su reaparición se produce en agosto, en un partido amistoso ante el Zaragoza en Castellón, en el que actuó a un buen nivel.
-En la siguiente temporada, 1984-85, jugó 19 partidos como titular, todos completos excepto uno, con un total de 1665 minutos en el campo y dos tarjetas amarillas recibidas. Además intervino en 4 partidos de Copa del Rey. En la presentación del equipo vuelve a aparecer el nombre de Froilán Maldonado, citándose de nuevo en la prensa su localidad natal. La temporada comienza para Maldonado mejorando su preparación y no regresa al equipo titular hasta finales de octubre. No obstante, la lesión y los malos resultados del equipo hicieron que las entradas y salidas en el equipo titular se sucediesen. Con frecuencia la prensa se refería al jugador palentino aludiendo a sus orígenes y a tópicos relacionados, como en la entrevista publicada a finales del 84: "Maldonado es un castellano viejo de pocas palabras y toneladas de sinceridad". En 1985 nacería su hijo Rubén, acontecimiento también recogido por la prensa, y que vino a coincidir con el enfrentamiento ante el Real Madrid, en el que a Froilán correspondería la dura tarea de intentar frenar a Butragueño, "haciendo sombra al Buitre". También recaería en Maldonado la responsabilidad de anular a Hugo Sánchez en el enfrentamiento de esa temporada ante el Atlético de Madrid. Al terminar la liga se prorrogó su contrato con el Español hasta 1988 y en otra entrevista Maldonado hace balance de la temporada, comentándose que disfruta de sus vacaciones en Burgos, salvo una semana que pasa "en su pueblo, en Palencia".
-La de 1985-86 fue su última temporada en Primera, en la que jugó 16 partidos, 14 como titular, con un total de 1665 minutos en el campo y tres tarjetas amarillas recibidas. Intervino además en 5 partidos de Copa del Rey, marcando un gol en campo del Plasencia (1-5). En la presentación de la plantilla del Español 85-86 vuelve a aparecer el nombre de Villapún en la prensa catalana. En el inicio de temporada se produce el enfrentamiento ante el Real Madrid, en el que de nuevo toca a Maldonado la responsabilidad de frenar a la delantera blanca. Ya desde la primera parte del campeonato Froilán ya no aparece como el titular casi indiscutible que había sido hasta ahora. No obstante en el enfrentamiento de la segunda vuelta ante el Madrid vuelve a recuperar la titularidad, igual que había ocurrido ante el Barça. La lesión de su compañero Iñaki le permitió afrontar algunos partidos importantes, como la eliminatoria de la Copa de la Liga ante el Celta.
En total fueron 62 partidos los jugados por Froilán Maldonado en las tres temporadas de Primera División, con una media de 86,5 minutos jugados por partido.
-En la temporada siguiente, 1986-87, la llegada de Javier Clemente al banquillo del Español supuso la salida de Maldonado, al no contar el técnico vasco con él, por lo que, tras un intento fallido de traspaso al Castellón, fue cedido por una temporada al Deportivo de la Coruña, que por entonces era de Segunda División. En este equipo realizó una buena campaña y contaba con la aprobación del técnico Eusebio Ríos para que siguiese en este equipo si se conseguía finalmente el ascenso a Primera.
-No obstante el Español llegó a un acuerdo con el Figueras, equipo de Segunda A, en el que militó durante tres temporadas, 1987-88, 1988-89 y 1989-90. En su primera temporada en este equipo jugó 36 partidos completos como titular y participó en otros seis más, recibiendo cinco tarjetas amarillas. La prensa seguía destacando las cualidades del jugador. En la siguiente temporada jugó como titular 18 partidos completos más dos en los que fue sustituido, además de cinco de suplente en los que llegó a saltar al terreno de juego, recibiendo un total de tres tarjetas amarillas.
-Finalizó su carrera como futbolista profesional en el Gerona de Segunda B, en el que jugó durante la temporada 1990-91, figurando su nombre y localidad de nacimiento en el plantel de jugadores de esa temporada. Al finalizar la temporada la prensa anunció la intención del jugador de trasladar su domicilio a su región natal, ofreciendo sus servicios al Palencia, pero las negociaciones no fructificaron, por lo que terminó su carrera deportiva.
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