"Crónicas de un pueblo palentino"

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domingo, 26 de mayo de 2013

La banda sonora del buen tiempo

La infancia, esa “patria común de todos los humanos”, como la definiera genialmente el gran Delibes, es una etapa fundamental de la vida en la que se perfila lo que será nuestro carácter y personalidad. Los que hemos tenido la suerte de nacer y crecer en un pueblo pequeño tenemos marcados a fuego algunas de las vivencias y paisajes que nos acompañaron en aquellos primigenios tiempos.
Uno de los primeros recuerdos que aún conservo en mi memoria son los atardeceres de la primavera avanzada, allá por los meses de mayo y junio, aquellas tardes interminables de sol y buen tiempo. Me veo en la parte trasera de mi casa, junto a la Huerta, el día ya casi vencido, mientras el sol se hunde poco a poco en la línea del horizonte, creando un escenario fantástico de luminosidad anaranjada al que sólo le falta una banda sonora adecuada para convertirse en un espectáculo natural difícil de olvidar. Y la tiene: la banda sonora de la primavera y el verano en Villapún la ponen esas aves oscuras de alas falciformes que desde hace unas semanas llenan nuestros cielos. Son los vencejos, que precisamente al atardecer rasgan el aire en grupos numerosos formando un carrusel viviente de gritos en veloz persecución. Me veo allí, fascinado por la algarabía de estas enigmáticas aves, envidiándolas e imaginando a qué extraño juego de pillar se estarán entregando.
Allí estoy, con un "tirapiedras" entre las manos intentando derribar alguno de estos intrépidos kamikazes, con esa curiosidad propia de la infancia, no exenta de ingenuidad y, por qué no decirlo, tampoco de una cierta crueldad en este caso, aunque acertar en vuelo a uno de ellos resulta tarea prácticamente imposible. Desde entonces estas aves me apasionan y celebro su puntual regreso cada primavera, procedentes de la lejana África subsahariana donde pasan el resto del año, como si de ilustres turistas se tratase que vienen a visitarnos para estivar en nuestros dominios y nos abandonan a las primeras de cambio.
A menudo me pregunto en qué momento se pierde esa inocencia tan propia de la infancia. También aquí la memoria es selectiva y aún recuerdo cuando un mozalbete de mayor edad me invitó a acompañarle hasta Mataelcanto para ver el nido de cierto pájaro. Y para engatusarme me aseguró que se trataba de un nido de enormes dimensiones. Con tal argumento no le costó convencerme para que le acompañase hasta dicho lugar, que en aquella tierna edad se me antojaba tan distante como cualquier lejano pueblo. Pero yo me veía ya metido dentro de un nido “más grande que el de la cigüeña”, con lo que el camino se me hizo cortísimo. Y llegados allí, ante el árbol que sostenía el nido, descubrí con gran decepción, que en realidad estaba formado por cuatro palos mal puestos, ya que que se trataba del minúsculo nido de una paloma torcaz… y para colmo estaba vacío. Para mi aquello no tenía sentido, pero era el pistoletazo de salida, había empezado a descubrir de manos ajenas lo que era una mentira y recuerdo mi perplejidad ante el, a mi juicio, sinsentido de la misma. Mientras, las risas y el jolgorio de mi compañero incidental no hacían sino aumentar mi desconcierto.
Pero volviendo a los vencejos, éstos vuelven a ser protagonistas en otro capítulo de mi infancia en el que también participaban algunos "chiguitos" de los mayores del pueblo, que ya habían superado esa fase de pueril inocencia en la que yo aún me encontraba. Uno no sabe muy bien con que objetivo, pero habían pergeñado un rudimentario sistema con el que “pescaban” vencejos al vuelo. Y digo bien “pescar”, pues se trataba de subir a las troneras de la torre de la iglesia, que por aquel entonces estaba totalmente accesible para nosotros, para colocar allí una caña orientada hacia el vacío exterior, con su sedal y su anzuelo incluido, pero cebada, en vez de con algún suculento animalejo, con un ligero trozo de lana de oveja, de manera que extendida al viento flotase como si de una pelusa cualquiera se tratara. Atraídos por tan sugerente reclamo, los vencejos enseguida acudían compitiendo entre sí por conseguir el preciado tesoro que emplearían en la construcción de su nido y no tardaba mucho en caer el infortunado vencedor de tan macabra competición. Aún no me explico para qué cazaban a los vencejos si no es por la envidia de su vuelo o el simple morbo de desplomar un ser inalcanzable, pero a mí me permitió por vez primera apreciar de cerca una de estas enigmáticas aves.
También a veces me planteo en qué momento de nuestras vidas muchos de mis congéneres pierden esa curiosidad y fascinación que todo niño muestra por los fenómenos naturales y más en concreto esa atracción hacia los animales. En qué momento comienza la indiferencia, y en no pocos casos incluso el odio y la crueldad, hacia esos compañeros de viaje que tanto apreciamos en nuestra más tierna infancia. Y me vienen de nuevo a la memoria los vencejos, esos que fascinaban a los más pequeños, los mismos a los que los "chiguitos" preadolescentes pescaban sádicamente y ahora, ya convertidos en adultos, ignoran e incluso desprecian cuando se realizan unas obras de reparación en el tejado de los edificios, desnidando pollos de unas aves que no sólo alegran nuestros pueblos sino que nos libran de miles de moscas, mosquitos y otros insectos perjudiciales. 
¡Qué ingratos somos los humanos!. Hemos dejado de mirar a los cielos, corren tiempos en los que ya ni siquiera los labradores están pendientes de las alturas, como hasta no hace mucho ocurría, más atentos ahora de recibir la subvención de turno o confiados en la alta rentabilidad productiva que aseguran las pestes químicas que se añaden a nuestros campos. Y es que la calidad de vida no debería medirse sólo por los avances tecnológicos o por el producto interior bruto. ¿Realmente es este el mundo que queremos para nuestros hijos? ¿Un mundo sin pájaros, de alimentos sintéticos y de paisajes muertos y uniformes? Yo al menos no, y espero que a pesar de todo los vencejos sigan acudiendo puntuales cada primavera a su cita en Villapún para poner la banda sonora del buen tiempo. Y confieso, como ya hiciera el añorado Félix Rodríguez de la Fuente, que "no me importaría nada marcharme, dentro de unos años, con el último vencejo, a dormir también volando allá arriba, a mil quinientos metros de altura, a donde es posible que no lleguen los ruidos, ni la contaminación, ni las preocupaciones, ni las injusticias de los hombres".

Roberto Rodríguez Martínez

Puede verse un video dedicado a los vencejos en el canal de Villapún en YouTube.